UN CUENTO DE DRAGONES
2006 ©
Gerardo Romo
Los
cuentos de hadas deben comenzar con "había una vez", pero éste no.
Puesto que no hubo una casa: hay una casa. No "hubo una cañada",
todavía está ahí, como si fuera una cicatriz sobre la espalda del valle que
lleva hasta el pueblo. Y casi todos los protagonistas continúan con sus vidas.
Casi, es verdad. Pero los suficientes como para que "había una vez"
pierda sentido. Así que diré que Raúl salió ese día azotando la puerta.
Mientras corría hacia las barrancas, el niño ocultaba entre su ropa un
dinosaurio y un caballero de plástico. Su padrastro salió detrás de él con
rostro molesto. Primero intentó alcanzarlo, pero Raúl era mucho más rápido que
él. Con sus casi sesenta años, Jorge, el padrastro, ya no era un hombre que
pudiera seguirle el paso a un muchacho de once.
-¡Raúl!
–Gritó exhausto mientras se detenía a descansar-. ¡Ven para acá!
El
niño corrió hasta que los jadeos de Jorge se perdieron a sus espaldas. No
entendía por qué su madre se había casado de nuevo con ese hombre tan viejo.
-Es
malo –susurró Raúl.
No
es cierto: siempre está atento con todo lo de la casa, cuida a tu madre, y hace
todo lo posible para que nada te falte. Incluso, todos los días intenta
hacerte, al menos, un gesto cariñoso para ganarte. Pero tú no se lo permites.
-Es
gritón –insiste el niño.
No
mientas, Jorge es muy callado y calmado.
-No
me quiere.
Tu
padrastro hace todo lo posible por ganar tu aprecio... Tú eres quien se
resiste.
-Es
viejo.
Sí,
es viejo. Eso no puede negarse.
Dejó
de correr cuando llegó a un páramo, a mitad de la barranca. Sacó al dinosaurio
y al caballero, y comenzó a imaginar aventuras: el juguete cobró vida para salvar
princesas de las garras de monstruos. Una lágrima quiso escapar del ojo de Raúl
cuando vio detenidamente al caballero. El rostro plástico del héroe estaba
adornado con una tupida barba.
-Igual
a la de mi papá –pensó Raúl.
El
padre de Raúl, fue un capitán de la Marina Nacional, siempre estaba en algún
lugar ayudando a las personas: socorría a los que se quedaban sin casa por un
huracán, o rescataba pescadores perdidos en el mar... Una vez, incluso, atrapó
a unos piratas. ¡Unos verdaderos piratas! No de esos de los cuentos, sino de
aquellos de verdad. Raúl le preguntó si alguno tenía un parche en el ojo o pata
de palo. Su papá se rio y le respondió:
-No,
pero uno usaba lentes.
Raúl
pensó que un pirata con lentes era algo raro... pero de ninguna manera le quitaba
lo pirata.
Cuando
regresaba de sus viajes, la alegría se hacía patente en toda la casa. Siempre
lo recordaba fuerte y de sonrisa fácil. Le agradaba verlo junto a su madre, y
le encantaba que lo levantara a él para colocarlo en esos hombros anchos. Desde
arriba el niño tocaba el techo, y sabía que si se estiraba un poco, podría
arañar a la luna sin problema... Era feliz.
Entonces
su papá murió.
Cómo
le dolía recordarlo.
Lo
extrañaba mucho.
Por
eso no soportaba a Jorge, no tenía nada que ver con su padre: era un tendero...
un simple tendero. Lo más emocionante que había hecho en su vida era cortar el
jamón sin rebanarse los dedos. Un día, casi a la semana de su boda. El viejo
quiso cargar a Raúl. El crujido de huesos estremeció la casa. Era débil y cobarde.
¿Cómo era posible que su mamá quisiera relegar a su padre por ese pobre hombre?
Olvidó
todo y se sumergió en la nueva aventura de su caballero.
-¡Muere
dragón! –dijo el niño mientras hacía caminar al muñeco hasta el monstruo de
plástico.
Así
transcurrió hora y media.
El
héroe había ganado tres batallas e iba por la definitiva, pero el monstruo de
plástico se preparaba para hacer caer al caballero en su trampa.
¿Caería
el caballero en las fauces del monstruo?
¿Ganaría
el héroe como siempre?
Pronto
lo descubriríamos.
-¡Raúl!
–Gritó su mamá desde lo alto de la barranca-. ¡Raúl ven! ¡Ya es hora de comer!
O
tal vez, la última batalla quedara para otro día.
-¡Raúl!
–insistió ella.
El
niño no quería llegar a casa. Seguramente Jorge ya lo había acusado con ella.
Sin dudar, el viejo le comentó todos los insultos que Raúl le dijo...
Seguramente, hasta inventó algunos más para que el regañó fuera fuerte.
-¡Deja
de jugar!
-¡Ya
voy mamá! –Raúl se levantó apresuradamente sin acordarse de recoger sus
juguetes.
El
niño corrió barranca arriba hasta llegar al lado de su madre, quien lo recibió
con un beso en la frente como si nada pasara.
¿Acaso
Jorge no lo había acusado?
¿O
a su madre no le importaba que se peleara con Jorge?... Sí, sí le importaba.
Seguramente Jorge no había dicho nada aún.
¿Por
qué?
Ambos
caminaron de nuevo hacia la casa, dejando al dinosaurio tirado a un lado del
caballero de juguete.
Una
bota pisó y restregó al héroe de plástico hasta destrozarlo.
Un
anciano, de ojos color piedra, miró cómo madre e hijo se alejaban. Cuando ellos
se perdieron de vista. Sacó su flauta blanca de fémur, y se sentó para hacer
sonar una melodía, que hizo chillar a los pájaros ocultos en las copas de los
árboles. Los perros, a lo lejos, comenzaron a aullar cuando las notas finales
de la música se cristalizaron en el aire. Esas notas malditas se retorcieron
hasta convertirse en gusanos cenizos y rodaron por tierra. El viejo quitó su
flauta de la boca y, con el cuidado de una madre, tomó a uno de los gusanos, el
más repulsivo de todos, y lo colocó en el hocico del dinosaurio de plástico. El
animal se deslizó hasta dentro del monstruo de juguete. El viejo sonrió y
guardó su flauta de hueso entre sus ropas.
Silbando
una canción macabra se perdió en lo profundo de la barranca.
Los
pájaros agitaban sus alas, mientras, desde algún arbusto, las serpientes movían
sus cascabeles con nerviosismo. Todos los animales, salvo los pájaros, huyeron
cuando el dinosaurio parpadeó.
***
En
la comida, sólo la madre de Raúl hablaba con felicidad de las cosas nuevas que
habían llegado a la tienda: ropa de colores maravillosos, hermosos zapatos y
aretes de formas finas. Jorge escuchaba y sonreía con amabilidad, mientras Raúl
esperaba que en cualquier momento, su padrastro, lo acusara con su madre por
las cosas que el muchacho le había dicho.
Pero
no sucedió.
Eso
molestaba a Raúl: ¿Por qué no lo delataba? ¿Qué esperaba ganar guardando el
secreto?... ¿Gratitud?
-Pues
no señor –pensó el niño-, de ninguna manera le agradeceré nada.
Si
tan sólo, al menos, el tendero le diera un pretexto válido para odiarlo... Tan
sólo una razón.
La
madre fue a la cocina para traer el asado. Jorge miró al niño y sonrió, pero
éste no le devolvió el gesto. De repente, el hombre se levantó y se acercó a la
ventana que daba hacia la barranca.
-¿Escuchaste
eso? –le preguntó Jorge.
-No
escuché nada –respondió molesto Raúl.
Jorge
continuó mirando por la ventana.
-Sonó
algo extraño –continuó el tendero-, como un ligero gruñido... Me puso la piel
de gallina.
-Cobarde –pensó el niño-. Mi papá no se asustaba con
ruiditos.
Cuando
llegó la mujer de nuevo, Jorge se alejó de la ventana y se dispuso a comer,
olvidando el sonido que antes lo había sobresaltado. Desde el fondo de la
barranca, un par de enormes ojos observaban la casa en donde la familia comía.
***
Al
terminar de comer, Raúl se dio cuenta de la falta de sus juguetes y deseaba
salir por ellos, pero...
-Raúl
–dijo Jorge-, ¿quieres platicar conmigo un momentito?
El
niño quería decirle “No, no quiero hablar contigo”, pero no deseaba mortificar
a su mamá.
Ninguno
deseaba mortificarla.
Lo
único que los unía a los dos, era el pacto no dicho de evitar sus diferencias
enfrente de ella. Sin embargo, lo único malo de todo, era que nadie se daba
cuenta que el otro también seguía esta regla.
Quizás
de notarlo se respetarían un poco más.
-Vamos
–aceptó el muchacho.
-Me
parece bien –Jorge se levantó con una sonrisa-, ¿qué te parece si platicamos
camino a la paletería? ¿Quieres una nieve de limón?
-No
–respondió seco.
-Bueno
–insistió-, no digas nada todavía. A lo mejor cuando veas los helados se te
antoja alguno –volteó hacia la mujer-. ¿No quieres que te traiga algo?
Ella,
sonriendo, negó con la cabeza.
Muchacho
y hombre comenzaron a caminar por la vereda.
Uno
ansioso.
Otro
molesto.
Uno
quería encontrar las palabras adecuadas para comenzar la plática.
Otro
quería encontrar las indicadas para terminarla.
-Raúl
–comenzó-, ¿por qué no te agrado?
El
niño no contestó nada... ¿Qué le podría decir?
-Yo
no intento quitarle el lugar a tu padre...
-Ni
podrías –interrumpió a Jorge-, mi papá no era un tendero –se tuvo que contener
para no decir “Cobarde”.
Jorge
quedó un poco impactado por la respuesta, pero se repuso rápido. Lo que el
chico había dicho no le asombraba demasiado: ya lo intuía.
-Tu
papá era un gran hombre, yo lo conocí mucho antes que nacieras –Jorge intentó
dulcificar su tono de voz-, pero lo importante en él, es que también era una
persona buena y decente.
-Sí,
lo era.
-Yo
también intento ser bueno y decente. Además amo a tu madre y...
-¡Tú
no eres mi papá! –Raúl ya no quería escuchar más-. ¡Nunca serás mi papá! ¡Te
odio! –y salió disparado en dirección a la barranca dejando a Jorge con un
gesto impotente.
La
madre de Raúl, se encontraba barriendo la entrada cuando vio a su hijo llegar
corriendo. No dijo nada, no lo llamó, supo qué pasaba cuando vio el rostro de
su esposo, al acercarse éste por el camino. Ella fue a recibirlo y, en
silencio, ambos se sentaron en la entrada.
Ella
recostó su cabeza en el hombro de él a manera de consuelo.
***
Raúl
llegó hasta el lugar en donde dejó olvidados a sus juguetes. Comenzó a buscar y
lo primero que vio fue a su caballero destrozado.
Era
su juguete preferido.
El
que le recordaba a su padre.
¿Quién
lo rompió?
-Jorge
–susurró el niño entre sollozos-... fue Jorge.
Luego
se dio cuenta que Jorge estuvo con él durante la comida.
-No
–resolvió–, no pudo ser él.
Recordó
al dinosaurio, pero no lo vio por ninguna parte. Alguien debió haberlo robado,
quizás el mismo que le despedazó su caballero. Recogió lo que quedaba del
juguete, y miró hacia el fondo de la barranca: las enormes hierbas impedían la
visión. Un par de veces intentó bajar hasta el final de la pendiente, pero fue
imposible por las zarzas y sus espinas, además de ruidos de serpiente y otras
cosas raras.
No
se atrevía a ir más adelante... Ni aún por su preciado dinosaurio. Por lo cual
decidió regresar a casa y dio un paso.
Un
gruñido le hizo detenerse.
Entonces
le siguió un rugido que parecía lanzado desde una garganta de pozo seco.
Raúl
salió disparado cuando los matorrales, del fondo de la barranca, comenzaron a
moverse con violencia. Apresuró el paso sin voltear. A sus espaldas, se
escuchaban fuertes pisadas que aceleraban.
Un
aliento caliente le movió los cabellos de la nuca.
Sin
saber cómo, entró disparado a su hogar, y cerró la puerta con un golpe fuerte,
que hizo que su madre y Jorge se acercaran con preocupación.
-¿Qué
pasa? –le preguntó Jorge al verlo tan alterado y con los pedazos de su
caballero entre las manos.
El
niño todavía no podía dejar de temblar.
-Habla
hijo –le insistió la mujer.
-Algo
me persiguió en la barranca –tartamudeó Raúl-... Un animal.
-¿Un
animal? –su mamá le acarició el cabello intentando que el niño se
tranquilizara-. ¿Un perro?
-Era
más grande... Creo.
Jorge
se asomó por la ventana y observó con cuidado. El niño pudo notar que no hizo
el intento de salir a verificar. Cuando fue hasta la puerta y la cerró con
llave, la palabra “cobarde” volvió a resonar en la cabeza del muchacho.
-No
veo nada –dijo Jorge-, pero será mejor que no salgan por si las dudas. Ya
mañana iré a ver si encuentro algo.
Raúl
olvidó el susto por fijarse en la forma temerosa en la cual Jorge se
comportaba. Sus maneras eran de un anciano inseguro: sus cabellos canosos, esas
pequeñas manchas que le comenzaban a brotar en las manos, las arrugas de sus
ojos y esa creciente calvicie que enseñaba cada día un poco más de su frente.
¿Qué
es lo que haría el papá del niño si estuviera vivo?
Saldría
sin preguntar, bajaría hasta lo profundo de la pendiente, encontraría a ese
animal que lo persiguió, para convertirlo en la cena. Y de esa forma decirles a
todas las bestias del monte que nadie podía meterse con la familia de un héroe.
Que tuvieran cuidado de no atacar a su hijo nunca.
Pero
ese hombre.
El
padrastro.
El
anciano.
El
cobarde.
Se
limitaba a encerrarse esperando que el tiempo pasara, hasta que se le ocurriera
otro pretexto para no salir. Además, si se atreviera a bajar por la pendiente
y, de casualidad, encontrara al animal ¿qué haría?
-Saldría
corriendo –pensó el niño-. Eso es lo que haría.
***
Raúl
se preparó para dormir; su mamá lo arropó y le dio un beso de buenas noches.
Cuando ella se disponía a irse, él ya no pudo soportar más y soltó:
-Mamá,
¿por qué te casaste con Jorge?
La
mujer se asomó por el quicio para ver si su esposo se encontraba ahí, y no, no
estaba: ya se había ido a su recámara. Ella cerró la puerta y se acercó al
niño.
-¿Por
qué me preguntas esto? –dijo ella.
-Porque
no se parece en nada a... –Raúl se detuvo, hacía mucho tiempo que no quería
mencionar a su padre frente a su mamá.
-No
se parece a tu papá –ella hizo una sonrisa triste-, ¿verdad?
-No
–aceptó-, no se parece... ¿Lo quieres?
-Sí
–dijo su madre-. Es mi esposo ahora y lo amo. Si no, jamás me hubiera casado
con él.
-Pero
¿por qué?
-Jorge
y tu papá son diferentes porque nadie es igual, pero hay en algo en lo que se
parecen.
-¿En
qué?
-Jorge
es un hombre bueno como lo fue tu papá –la mirada de ella se clavó de forma
dulce en los ojos de su hijo-... Dale una oportunidad. Jorge hace todo lo
posible por ganarte. Dime algo: ¿te ha tratado mal o no ha estado atento a lo
que necesitas? No, ¿verdad? Entonces ¿qué tienes contra él?
Raúl
quería decirle: “Es un cobarde mamá”, pero no pudo. Su madre no quiso obligarlo
a contestar, quizás porque sabía que la respuesta no era para ella, y que ésta
tenía que descubrirla su hijo a su debido tiempo. Por esa razón su madre
decidió dejarlo descansar:
-Duérmete
y pórtate mejor con Jorge –ella se levantó y salió del cuarto.
El
niño se durmió, pero entre sueños unas enormes fauces se abrían y cerraban
detrás de él. Mientras, a lo lejos, en un rincón oscuro de su sueño, un anciano
de ropa vieja y sonrisa malévola, jugueteaba divertido con una flauta
preparándose para tocar.
***
Al
otro día, Raúl, armado con un palo, bajó para investigar en lo profundo de la
barranca. Avanzaba con cuidado, de la misma forma en la cual imaginó a su
caballero de plástico caminar por los valles llenos de peligros. Con cuidado,
movía cada arbusto, esperando que algo brincara de ahí.
Se
detuvo a un paso de la pendiente más pronunciada que llevaba hasta el fondo de
la barranca. A pesar de haber vivido toda su vida ahí, nunca se atrevió a
cruzar esa frontera. Miró con cuidado: sólo se veían zarzas y hierba que se
levantaba seguramente dos metros arriba del suelo.
Tomó
valor y se dispuso a dar un paso.
-¡Raúl!
–Gritó Jorge desde afuera de la barranca-. ¡Sube!
El
grito le arrancó, de un golpe, el valor al niño y se retiró de la pendiente.
Sin
la gota de valentía que le costó tanto juntar, no le quedó otra a Raúl más que
subir hasta donde se encontraba su padrastro. Así que, marmullando, caminó
hasta donde estaba Jorge, dando de vez en cuando un golpe con el palo a las
piedras que encontraba en su ascenso.
Llegó
hasta el hombre que lo esperaba al lado de una bolsa negra de plástico.
-Raúl
–le dijo él-, acabo de ir a preguntar en el pueblo si saben de algún animal que
ande suelto. Don Pedro me dijo que hoy en la mañana descubrió que se habían
perdido varias de sus ovejas. Quizás se las haya llevado el animal que viste.
-¿Qué
animal es?
-No
sé, pero mientras lo encuentran no bajes más allá –señaló a la barranca-. En
una hora, van a salir algunos del pueblo para cazarlo. Hasta entonces no es
seguro que vayas solo.
-¿Y
vas a ir tú con ellos Jorge?
-No
–respondió su padrastro-, tengo cosas que hacer en la tienda.
-Ya
lo sabía –pensó el niño.
Jorge
tomó la bolsa de plástico y se la dio.
-Ten
–dijo el hombre-, lo mandé pedir hace un par de meses pero hasta ahora me
llegó.
Raúl
abrió la bolsa y dentro de ella se encontraba un nuevo caballero de juguete.
-Sé
que el otro que tenías se rompió –continuó Jorge-, es malo, yo quería que fuera
el compañero de tu caballero, pero al menos ya tienes con qué jugar.
La
armadura del juguete era más brillante y vistosa que la del anterior, incluso
se le podía poner y quitar; la pluma que adornaba su casco era de verdad,
además que tenía capa, espada, lanza, estandarte con escudo de armas y un
amuleto mágico que brillaba en la oscuridad.
El
caballero era fantástico.
-Me
gustaba más el de antes –dijo Raúl al tiempo que emprendió su camino hacia la
casa.
Jorge,
cabizbajo, se dio vuelta para observar con tristeza el fondo de la barranca.
***
La
llegada de la noche fue silenciosa, Raúl no quería hablar con Jorge ni de
Jorge. Todavía estaba molesto con la falta de valor del viejo para buscar al
animal.
Por
lo que supo no se encontró nada.
Acostado
en su cuarto, veía como la luz de la luna entraba e iluminaba al caballero que
le regaló su padrastro.
Aún
no lo había sacado de su empaque.
De
repente, una gigantesca sombra cruzó por su ventana. Raúl dio un brinco y vio
como ésta se perdía de nuevo en la oscuridad. Con cuidado, se levantó para
observar a través del marco. Pudo ver cómo la figura gigantesca se hundía
rápidamente en la barranca.
Tenía
cola... Una titánica cola de reptil que se meneaba de un lado a otro.
-Un
dragón –susurró Raúl-... Hay un dragón en la barranca.
Al
principio quiso ir a decírselo a su mamá y a Jorge, pero luego recapacitó:
ninguno de los dos le creerían, quizás lo mandarían a dormir, nada más.
-Jamás
he visto un dragón de cerca –pensó al tiempo que comenzaba a vestirse.
Abrió
la ventana y fue por donde se había ido la bestia. Bajar la pendiente sin luz
le era tan fácil, que no se preocupó de tropezar o caer. Caminar por ese lugar
le era tan común que resbalar le parecía imposible
Por
eso resbaló.
La
caída fue aparatosa. Raúl quería ser sigiloso como los caballeros de los
libros, pero el ruido de las piedras y su grito, le hicieron suponer que su
presencia ya no era tan sorpresiva. Por eso ignoró el dolor de su rodilla,
corrió hacia un arbusto, se tiró al suelo y esperó.
La
luna iluminaba el claro.
Nada...
No se veía nada ni se escuchaba nada.
¿Y
los grillos? Debería haber grillos.
¿Y
los pájaros? De noche siempre se escuchaban pájaros raros, sobre todo ése que
hacía el sonido... ¿Cómo era?
“¡Pss!
¡Pss!”
Sí,
así era. Muy parecido al sonido que hace alguien cuando te habla queriendo ser
misterioso. Volteó y descubrió un grupo de aves posadas en las ramas.
¿Por
qué no hacían ruido?
-Les
debe dar miedo el dragón –pensó Raúl.
En
ese momento sintió ganas de regresar y se preparó para irse.
-Es
lo que Jorge haría –pensó-: correr como un cobarde.
Por
eso juntó valor y se levantó.
Unas
pisadas gigantes lo hicieron volver a esconderse. Venían de lo profundo de la
barranca. Se asomó con cuidado y pudo ver cómo algo se escondía en la
vegetación del fondo.
¿Cómo
algo tan grande como lo que vio podría esconderse entre unos matorrales?
Se
dispuso a averiguarlo y comenzó a bajar.
Los
arbustos tenían espinas y se le atoraban en la ropa. Una rama le golpeó el
rostro e hizo un esfuerzo para no decir nada. La pendiente se hacía cada vez
más pronunciada, entonces encontró un claro: las plantas estaban aplastadas
formando un camino.
Raúl
lo tomó y bajó poco a poco. Lo hacía con cuidado, poniendo un pie y luego el
otro.
Casi
en el fondo se detuvo.
Estaba
a escasos diez metros de una cueva. Al parecer las zarzas cubrieron la entrada
hasta que el nuevo habitante las arrancó de un tajo.
¿En
dónde se encontraba ahora el monstruo?
El
niño se acercó para ver si podía observar algo dentro de esa caverna.
La
luz de la luna fue cubierta por una nube y todo se oscureció.
Un
rugido, seguido por un aliento caliente, brotó de la caverna.
El
aliento tenía un aroma a plástico nuevo.
El
gruñido sonó de nuevo con más fuerza.
El
niño comenzó la subida con terror. Raúl no podría decir cómo fue que pudo
escalar tan rápido. Quizás lo ayudó a acelerar aquel sonido de pisadas haciendo
temblar al suelo, o ese chasquido que seguramente era de mandíbulas que se
abrían y cerraban queriendo atraparlo.
Raúl
no quería voltear.
Pero
Raúl sí quería voltear.
Y
a la vez no.
Cuando
salió de la barranca corrió hacia su casa, en donde las luces se comenzaron a
encender.
Jorge
y su mamá salieron por la puerta alarmados por el rugido.
Cuando
vieron ir al niño con tanto pánico hacia ellos lo dejaron entrar sin
interponérsele, cerrando la puerta después.
Jorge,
Raúl y su mamá, permanecieron en vela escuchando los rugidos provenientes de la
barranca. Los cuales continuaron hasta minutos antes que llegara el amanecer.
***
-¿Qué
haremos ahora Jorge? –preguntó preocupada su esposa.
-Yo
iré hasta el pueblo –respondió el hombre-, les diré que ya sabemos dónde está
el animal ése y lo cazaremos.
-¿Y
nosotros qué hacemos? –ella se frotaba las manos con nerviosismo-... ¿Vamos
contigo?
-No
–se colocó su chamarra-, quizás el animal esté merodeando por aquí. Por eso
creo que es más seguro que se encierren en la casa y no salgan.
Jorge
se fue y lo vieron alejarse en dirección al pueblo
Raúl
abrazó a su mamá y la intentó calmar.
-No
tengas miedo mami –dijo-, yo te cuidaré.
Ella
sonrió y abrazó al niño también.
-Yo
sé que sí mi´jito... Yo sé que sí.
Raúl
observaba por la ventana esperando ver si el monstruo se acercaba. Cuando le
había contado a Jorge acerca del dragón, su padrastro le dijo que estaba seguro
que no podía ser uno, que obviamente era un puma o quizás algún otro animal
perteneciente a un circo o algo así.
Pero
el niño estaba seguro: era un dragón.
Y
uno gigantesco.
Lo
único que pudo ver por la ventana, fue que grandes parvadas de pájaros se
posaban sobre las copas de los árboles. Cada vez llegaban más y más.
Parecía
que esperaban.
¿Pero
qué?
Jorge
tardaría una hora y media en regresar con los del pueblo. Su mamá comenzó a
hacer la comida para tranquilizarse un poco, y no pensar en animales,
monstruos, ni nada.
Algo
arañó las paredes.
-¡Raúl!
–Le dijo su mamá-. ¡Quítate de la ventana!
El
niño miró con más cuidado pues esperaba descubrir qué era lo que estaba afuera.
Una
gigantesca figura de piel lustrosa y verde cruzó frente a él.
Los
pájaros comenzaron a cantar con desesperación, al tiempo que más y más parvadas
llegaban a los árboles.
Su
madre tomó a Raúl de la ropa, pues, en lugar de apartarse de la ventana, estaba
embobado con la increíble aparición. El niño no opuso resistencia pero no
apartó su mirada del cristal.
Un
golpe rompió las vigas de madera de la terraza. Raúl salió del embrujo cuando
parte del techo casi lo aplasta.
Por
el agujero, un hocico lleno de dientes se asomó.
La
bestia comenzó a destrozar la pared. Su mamá lo abrazó para protegerlo. Por un
momento ella quedó petrificada, pero al ver como se desmoronaba el muro, en lo
único en que pudo pensar fue en Raúl; lo tomó con la intención de correr hacia
la habitación de él para poder escapar por la ventana trasera.
Sin
embargo, la bestia ya se encontraba dentro de la casa y les cerró el paso.
Raúl
vio al monstruo y supo de inmediato que ya había visto antes a este reptil: la
piel verde lustrosa, las uniones de cada articulación, ese ojo al cual se le
había desprendido la pintura y, sobre todo, el olor a plástico. Frente a ellos
se encontraba una marioneta titánica... El dinosaurio de juguete que se le
había perdido un par de días atrás.
Raúl,
al ver a su madre en peligro, se soltó de ella, corrió hasta el dragón e
intentó atacarlo.
La
cola del dinosaurio pegaba muy fuerte.
Raúl
no supo nada, sólo que todo se volvió negro... muy negro.
***
Cuando
Raúl despertó, encontró la mitad de su casa destrozada: el techo y parte de la
pared ya no existían, los muebles estaban convertidos en pedazos de madera y
tela.
Aún
era de día, pero no sabía cuánto tiempo
había pasado.
Entonces
se dio cuenta: su mamá no estaba.
La
desesperación llenó el pecho del niño. Por un instante tuvo ganas de llorar.
¿Qué es lo que el monstruo le había hecho a su mamá? ¿Por qué no pudo
rescatarla?
Entonces
recordó que los dragones secuestraban princesas para llevarlas a sus cavernas.
-Está
en la barranca -dijo secándose las lágrimas-... La llevó a su cueva.
Él
tendría que rescatar a su madre, nadie más podría: se convertiría en un caballero.
No tenía armadura, lanza, caballo... ni siquiera una mula, pero aun así
rescataría a su madre. Salió corriendo en dirección a la barranca.
Los
miles de pájaros lo vieron salir y observaron todos sus movimientos. El niño se
dio cuenta pero aun así continúo, pues un caballero no le temía a nada. Al
llegar al inicio de la pendiente titubeó un poco... sólo un poco, y comenzó el
descenso.
Los
pájaros fueron siguiéndolo; volaban de árbol en árbol para observar a Raúl sin
perder detalle. El niño se dio cuenta de esto, y comenzó a sentirse cada vez
más nervioso por la intrigante presencia de las aves.
Pensó
en su mamá y olvidó por completo a los pájaros.
La
maleza le lastimaba el rostro con las espinas y ramas secas, pero no se detuvo
hasta que se encontró a escasos siete metros de la entrada de la cueva del
monstruo.
Los
cantos desesperados de cientos... miles de pájaros, acabaron con el silencio
que tanto le importaba conservar.
Un
rugido proveniente de la cueva lo estremeció.
-Cállense
–les decía a las aves-, cállense.
El
ruido se hizo más intenso desesperado, como si esos animales emplumados le
estuvieran avisando al dragón.
Otro
gruñido antecedió al monstruo.
La
bestia brotó de la caverna moviendo su cabeza, tan ágil como la unión de
plástico se lo permitía. El dragón salió por completo y comenzó a buscar por
todos lados. El niño rogó para que los seres de plástico no tuvieran buen
olfato.
Y
no lo tenían.
El
monstruo caminó lejos de la cueva intentando encontrar al intruso. El niño lo
vio alejarse hasta que se perdió de vista. Juntando valor se animó a entrar al
hogar del dragón. Las paredes estaban llenas de musgo y el olor a tierra húmeda
se le pegaba en la ropa.
-¿Mamá?
–se atrevió a decir-... ¿Estás aquí?
Nadie
contestó. El silencio logró que el aire de la cueva se volviera más frío.
-¿Mamá?
–insistió.
En
el fondo, allá donde la luz no podía iluminar, se escuchó el sonido de una rama
quebrándose.
El
niño tragó saliva y apretando los dientes se acercó, hasta chocar contra
pedazos de árboles y arbustos con los que el monstruo había creado su nido.
Raúl suspiró con tristeza y decidió salir de ahí.
Algo
que brotó de entre un montón de hojas lo agarró por la espalda.
-¡¡Aaaay!!
–gritó el niño.
-Raúl
–le dijo su mamá-, no te asustes soy yo –le acarició el cabello-. Gracias a
Dios que estás bien.
El
niño abrazó a su madre con gozo, pero luego recordó que el dragón de plástico
podría regresar en cualquier momento.
-Vámonos
mamá –la tomó de la mano y la ayudó a levantarse.
Ambos
salieron de la cueva y comenzaron a escalar por la barranca. Mientras las aves
posadas sobre las copas de los árboles los miraban con curiosidad.
-Ten
cuidado mamá –dijo-, creo que los pájaros le avisan al dragón.
Las
aves comenzaron a gritar y, segundos después, el dinosaurio brotó del fondo de
la pendiente.
Raúl
ayudó a su madre para alcanzar la planicie, pero el monstruo era demasiado
rápido: no podrían perderlo o esconderse en la casa, además que era inútil,
pues podría destrozarla cómo antes. Así que el niño decidió quedarse a distraer
a la bestia mientras su mamá lograba huir.
-¡Corre
mamá! ¡Corre!
Ella
avanzó, sin darse cuenta que, Raúl, se quedaba atrás para enfrentar al
dinosaurio.
No
había otra forma.
El
niño temblaba, pero recordó que le juró a su padre que cuidaría a su mamá
cuando él no estuviera.
-Un
caballero siempre es fiel a sus promesas –pensó.
El
dinosaurio, de un salto, llegó hasta el niño. Raúl tenía pensado hacer que lo
siguiera y después escapar como fuese... pero tenía demasiado miedo.
Estaba
paralizado.
El
dragón se preparó para atacar: chasqueando sus fauces de plástico se abalanzó
contra él.
Raúl
cerró los ojos... Solo escuchaba a los pájaros frenéticos y las pisadas que se
acercaban.
Entonces
el ruido del plástico al romperse, seguido de una gran caída opacó a todos los
demás sonidos.
El
pequeño abrió los ojos y la escena ante él la recordaría toda su vida: el
dinosaurio se encontraba en el suelo, y encima estaba Jorge hundiéndole, en la
coyuntura de la pata, el gancho que utilizaba para alcanzar la mercancía en los
últimos estantes de la tienda. El monstruo se revolvía furioso, pero la lanza
improvisada lo había inmovilizado.
Raúl creyó que había visto esa escena en
alguna parte... Lo emocionaba y llenaba de gozo, como si estuviera ante la
presencia de un santo, pero no entendía por qué.
Frente
al niño sólo se encontraban Jorge y el dragón.
Entonces
su padrastro le gritó:
-¡Ve
con tu madre!
Raúl
encontró a su mamá oculta en las ruinas de su casa. La mujer lo recibió.
Desde
ahí, los dos, pudieron ver cómo el dinosaurio de plástico se liberaba y volvía
a erguirse ante Jorge, quien empezó a esquivar las dentelladas.
La
mujer comenzó a rezar y los pájaros se agitaron mucho más.
Jorge
resbaló... El dinosaurio lo devoraría.
Raúl
se levantó y le gritó al dragón:
-¡Déjalo
en paz!
Como
si hubieran recibido la orden de un general, los pájaros abandonaron las copas
de los árboles, se lanzaron sobre el dragón de plástico y lo atacaron, haciendo
que la bestia olvidara al tendero que volvía a levantarse.
Entonces
lo entendió todo: los pájaros no ayudaban al monstruo, lo ayudaban a él y a su
madre. Ellos hicieron salir al dragón de su guarida para que pudiera rescatarla.
Y cuando graznaban no alertaban a la bestia que el niño y la mujer huían, sino
a ellos de la cercanía del dinosaurio.
Jorge,
viendo al monstruo aturdido por el ataque de sus aliados emplumados, tomó su
gancho y lo clavó en el vientre de plástico verde. El dragón tropezó y se
desplomó barranca abajo.
Las
patas se le desprendieron.
La
cola se partió en dos.
En
la vuelta final, la cabeza salió disparada del cuerpo.
Del
cuello hueco, intentó escapar el gris gusanillo colocado por el anciano de los
ojos de piedra. Sin embargo, su huida, fue cortada por una horda de cientos de
aves. Los picos subían y bajaban. Arrancaban pedazos grises del gusano, para
luego escupirlos. No se detenían. Estaban frenéticos... Y luego, nada quedó de
ese animal maligno.
Los
pájaros emprendieron el vuelo hacia todas partes, deshaciendo el gigantesco
ejército alado.
Raúl
se acercó hasta Jorge que respiraba con dificultad por la lucha. Se sostenía
recargándose en su improvisada lanza. Cuando el niño llegó, ambos miraron al
dragón muerto. Luego de unos segundos, Jorge examinó a Raúl para ver si se
encontraba bien.
Raúl
miró al hombre que estaba frente a él: sus canas ya no eran las de un viejo
tendero, sino la cabellera de un rey durmiente. Sus arrugas le parecían
cicatrices de batallas ganadas en contra de los años, y en sus ojos había un
innegable escudo de nobleza... No encontraba nada, nada, de lo que antes odió
en él.
Cuando
Jorge se cercioró que el niño no estaba herido le dijo:
-Vamos,
tenemos que ir al pueblo para decirles que ya no necesitamos ayuda.
-Sí
papá –respondió Raúl.
La
mujer los recibió y los tres comenzaron a caminar abrazados.
Por
la vereda que llevaba al pueblo: un rey, un caballero y una princesa, caminaron
orgullosos por haber vencido a un dragón más.
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