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lunes, 26 de agosto de 2013


 
EL BAILE DE LA NOCHE DE SAN JUAN
2006 ©
 
Gerardo Romo
 

El vidrio estalló en un grito de mil cristales. La piedra que lanzó había dado exactamente en el centro. No falló ni por un centímetro. Jaime se tapó los ojos, para que ninguno de los pedazos de la ventana le lastimara la vista.

Detrás de él, Mario, su amigo, lanzaba una carcajada de alegría seguida de un:

-¡Eso Jaime! –Mario agitaba los brazos y hacia su pequeño baile de la victoria-. ¡Lo hiciste!

Don Armando, el viejo más gruñón del pueblo, salió de su casa empuñando su bastón para atrapar al que había roto su ventana.

-¡Muchachos del demonio! –el anciano intentó agarrar a Jaime del brazo, pero el niño fue más rápido y se escurrió por la calle, seguido de Mario que aún continuaba dando gritos de alegría.

-¡Corre! –dijo.

-¡Te vi! –continuó gritando don Armando-. ¡Y a ti también Mario! ¡Se lo diré a sus padres! –Agitó su bastón como si pudiera apalearlos a distancia-. ¡¡¡Les darán una tunda!!!

Ambos niños no se detuvieron hasta que llegaron al pie del cerro. Jaime, sin aire, se dejó caer en el suelo para descansar de la carrera. En ese momento, se preocupó por lo que dirían su mamá y su papá cuando don Armando los acusara: seguramente lo castigarían.

Volteó hacia donde su amigo Mario continuaba riendo por la travesura: él siempre lo estaba retando.

-“Vamos –insistía Mario-, hazlo ¿o qué?... ¿Eres un gallina?”.

A Jaime nunca le agradó que le dijeran miedoso... Y Mario lo sabía, y utilizaba eso para obligarlo a hacer todas las travesuras que se le ocurrieran.

Mario era un muchacho problemático, y todo el pueblo había sido víctima de sus bromas alguna vez. No era malo, pero a veces se dejaba llevar por sus impulsos sin ponerse a pensar en las consecuencias.

-Creo que no debí hacer eso –dijo Jaime arrepentido.

-¿No me digas que ya te dio miedo que te castiguen tus papás?

-No –mintió Jaime, pues sí tenía mucho miedo de lo que iban a decirle -, pero no debimos romperle la ventana a don Armando.

-¿Y por qué no? –Mario nunca se arrepentía de ninguna de sus acciones, y por lo mismo le parecía imposible que la gente tuviera remordimientos de algo-. Ese viejo se la pasa gritándonos y regañándonos por todo... Se merece eso y más.

-Pero, ¿no sabes que don Armando no tiene mucho dinero? ¿Cómo va a pagar el vidrio?

-Pues tus papás lo harán -Mario se rió burlón-... Así que no te preocupes.

 Jaime, molestó por la actitud de su amigo, se levantó.

-¿Ya te vas? –dijo Mario.

-Sí.

-¿Nos vemos mañana para ver quién mata más lagartijas? –Mario mostró su resortera nueva, la cual había estado oculta dentro de su camisa.

-No, creo que no –matar animalitos no era algo que le agradara, además, era casi seguro que estuviera castigado para entonces.

Jaime sólo dio dos pasos antes que la voz de Mario dijera a sus espaldas:

-¿Tienes miedo?

Jaime se quedó congelado por el coraje. Ya había demostrado muchas veces que él no era ningún cobarde. Sin embargo, Mario continuaba molestándolo cada vez que podía.

-¿Eres gallina? –insistía el niño.

Jaime lo vio con enojo.

-¿Vienes mañana o no, coyón?

-Nos vemos mañana –afirmó Jaime y se dirigió a su casa en donde lo esperaba su familia.

***

Su padre lo esperaba sentado en la entrada. Al ver acercarse a Jaime, el hombre se levantó con rostro serio. Cuando el niño lo vio disminuyó el paso, intentó estirar al tiempo, como si fuera una resortera nueva, retardando el momento del regaño, el cual sería seguido del castigo; mas, por muy lento que caminara tenía que llegar alguna vez.

El tiempo se estiró hasta su máximo y soltó la piedra:

-Don Armando vino a ver a tu madre hace rato –la voz de su padre fue seca, pocas veces lo había escuchado utilizar ese tono. Sólo esa vez que, por descuido, se había tropezado con el cuadro que el abuelo dibujó poco antes de morir, ése en donde se ven un par de montes y un caballo bebiendo agua. La pintura cayó al suelo y el marco se partió en dos-... ¿Te parece que es muy divertido romper la ventana de un anciano?

-No –respondió Jaime con un susurro.

-Don Armando dijo que no fue un accidente, que lo hiciste a propósito. ¿Es verdad?

Jaime no supo qué contestar.

-También dijo que ibas con Mario.

Ahora sí que estaba en problemas.

-¿Qué fue lo que te dije acerca de ese muchacho?

-Que era malo –respondió Jaime con un susurro.

-¿Y qué más?

-No sé –la mente de él estaba hecha un lío. Se habían borrado todos los recuerdos de un golpe, debido a una ola de vergüenza que se llevó todo. Lo único que le venía a la cabeza, era la imagen del anciano intentando tapar la ventana rota con un plástico, mientras el frío aire de la noche le hacía crujir los huesos-... no recuerdo.

-Que sólo buscaba ponerte en problemas, pero sobre todo que no quería que volvieras a jugar con él. ¿Ya recuerdas?

-Sí papá.

-Métete a la casa –el tono se volvió más áspero-, no vas a volver a salir en un mes.

Jaime entró y se dirigió directamente a su cuarto. Al cruzar por la sala, su madre y su abuela lo vieron caminar sin detenerse. Jaime no levantó la vista para evitar cruzar la mirada con la de su abuelita... Eso lo haría sentir mucho más mal.

Su abuelita siempre estaba diciéndole:

-“Eres una bendición, muchachito. Eres muy bueno, por eso tienes dos ángeles de la guarda en tu ventana”

¿Qué pensaría ella de él? Sobre todo ahora que se sabía que no era bueno... ¿Todavía creería que dos ángeles cuidaban su ventana? Incluso, ella, tenía un lunar en la punta de la nariz igual que él. La anciana siempre estaba tocándole el lunar con las puntas de los dedos, mientras él también colocaba su yema en el lunar de la anciana: eso lo hacía sentir protegido.

Jaime se sentó sobre su cama y se recostó. Esperaba poder ocultarse de todos y...

Toc, toc, toc.

Tocaban a la puerta... No quería ver a nadie. Tal vez si no respondía, pensó, quizás dejaran de tocar.

Toc, toc, toc.

-Voy a entrar Jaimito –dijo su abuelita del otro lado de la puerta.

-Sí abue –respondió el niño esperando que también ella le dijera lo mal que se había portado.

La mujer entró, con todo y lunar, con una sonrisa que alumbraba sobre una bandejita de madera, en la cual había un plato con sopa, otro con carne y un vaso de agua de frutas.

-Ya es tarde –dijo la abuela-, y seguro tienes hambre. A tu edad se debe comer mucho.

-Perdón –dijo Jaime con un hilito de voz-, no lo volveré a hacer... Le pediré perdón a don Armando y le pagaré su vidrio de mis domingos.

-Me parece bien, mi´jito –colocó la comida sobre el buró y se sentó a un lado del muchacho-. ¿Por qué hiciste esa travesura tan fea?

Él no sabía que decir, así que la verdad le brotó de la boca sin querer.

-Es que Mario me dijo...

-¡Tenía que ser! –Interrumpió la abuela-. ¿No te dijimos que ese muchacho sólo te metería en problemas?

Delatar a su amigo le pareció bastante cobarde. A lo hecho no hay remedio... Por eso la única manera de limpiar el pecado era admitir la propia culpa.

-Yo arroje la piedra –confesó el niño-... Mario no hizo nada.

-Sólo obligarte a hacerlo.

-No me obligó.

-No lo defiendas, conozco toda su historia. Desde que aprendió a caminar ha sido malcriado.

Jaime recordó que había quedado de verse con Mario al otro día. Si no iba, entonces le diría cobarde y cosas como esas. Pero su papá lo castigó con un mes sin salir de la casa.

¿Cómo ver a su amigo y demostrarle que no le tenía miedo a las lagartijas?

Sólo podía haber una solución.

-Abuelita –puso su voz más dulce en esta petición-, ¿tú crees que mi papá me permita salir mañana si le repongo la ventana a don Armando?

-¿Por qué quieres salir mañana con tanta urgencia?

-Es que le dije a Mario… –se detuvo. Sabía que cometió otro error.

-¡Ay mi niño! –Replicó su abuela-. ¡Y luego mañana! ¿No ves que es la Noche de San Juan?

-¿La Noche de quién? –Dijo Jaime-. ¿Qué es eso?

-La Noche de San Juan –la voz de su abuela se hizo seria-, es cuando, nadie sabe por qué, todos los fantasmas errantes se reúnen ahí –señalo hacia un cerro que se dibujaba por la ventana-. Los espantos que caminan por el mundo, esos que te esperan en las encrucijadas con sus ropas antiguas y sus miradas de caverna; incluso también los atrapados en casas o castillos: todos, sin que falte uno, llegan ahí.

-¿Para qué van, “abue”? –a pesar que los fantasmas lo asustaban, Jaime, siempre se sintió atraído por este tipo de historias.

-Para bailar –respondió ella sin dejar de ver el cerro.

-¿Bailar? ¿Y por qué se reúnen para eso?

-Nadie lo sabe –la anciana no dejaba de ver el cerro, su mirada se convirtió en una brújula enamorada del norte-, sólo que bailan al ritmo de una música que no es de este mundo.

-No parecen tan malos –el pequeño pensó en su mamá, a ella le encantaba ir a los bailes y que su padre la llevara en las vueltas-, si sólo bailan.

-Quizás no te parezcan malos, pero así es: Son espectros a los que no dejan entrar al Cielo ni al Infierno. ¿Quién sabe cuántos y qué pecados habrán cometido para que ni Dios ni el diablo quieran nada con ellos?

-Mi papá dice que los fantasmas no existen.

-Tu padre -afirmó con tono hosco- viene de la Capital. Ha vivido muy poco tiempo aquí como para que pueda afirmar qué cosa es cierta y qué no. Lo único que te puedo decir es que es mejor no salir en la Noche de San Juan. Y sobre todo, cerrar la ventana si es que escuchas a lo lejos risas y música, que parece provenir de todas partes y de ninguna a la vez.

A Jaime se le erizó la nuca al imaginar música como esa.

-Por eso –concluyó la abuela-, le diré a tu padre que te levante el castigo, claro, si le pagas el vidrio a don Armando y le pides una disculpa.

-¿De verdad? –una sonrisa recorrió el rostro del niño hasta llenarle toda la cara.

-Sí –la mujer se levantó y fue hasta la puerta-, eso es lo que haré... Hasta pasado mañana.

La sonrisa de Jaime se derritió en un gesto de desilusión.

-Pero abuelita –reclamó-, Mario dirá que soy un miedoso.

-¿Y eso es malo?

-Claro que es malo.

-El miedo no es ni malo ni bueno... Es como las piedras.

-¿Cómo “Abue”? No entiendo.

-Si tomas una piedra y construyes un puente: entonces es bueno, pero si tomas esta misma piedra y rompes un vidrio es malo.

-¿Entonces el miedo es bueno?

-Sólo cuando lo utilizas bien –la abuela abrió la puerta-. Come todo. Necesitas crecer, y sólo crecen los que comen –la anciana salió y cerró la puerta, al tiempo que Jaime intentaba entender lo que su abuelita le acababa de decir.

***

Pasó todo ese día encerrado en su cuarto, hasta que pudo ver a la noche derretirse sobre el cielo como lodo recién mojado. Jaime estuvo todo el tiempo moviendo de un lado a otro sus piernas, hasta que éstas le comenzaron a doler de tal manera que sintió como punzaban. Entonces decidió que era hora de descansar. Dejó caer todo su cuerpo en la cama y cerró los ojos intentando encontrar la respuesta a: “¿Cómo puede ser bueno el miedo?”. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.

Entonces el sonido de una flauta lejana lo estremeció y lo hizo erguirse de un golpe.

La música provenía de su ventana. Con miedo, recordando el relato de su abuela, se acercó poco a poco a la ventana.

-Jaime –dijo alguien

El niño abrió la ventana para descubrir a Mario del otro lado.

-¿Mario, eras tú el que tocaba la flauta?

-¿Cuál flauta? –Respondió con su acostumbrado tono burlón–. Te estaba silbando...  Dime, ¿te castigaron?

-Sí, ¿y a ti?

-Claro, ¡cómo siempre! -la sonrisa de él delataba que tampoco le importaba mucho eso -. ¿Vas a venir mañana?

-No puedo. No me van a dejar salir en un mes. Además mañana es la noche de San Juan.

Tonto, tonto... ¿Cómo pudo ser Jaime tan tonto?

-¿Qué es eso? –preguntó intrigado Mario.

Jaime no debió abrir la boca, debió cambiar de tema... Pero era demasiado honesto para su desgracia.

-Es el día en el que los fantasmas van a bailar ahí –señaló hacia atrás de dónde se encontraba exactamente su amigo.

Mario volteó y miró.

-¿A ese cerro pelón? –Se rio-. ¡Ay Jaime! ¡Tú te crees cada cuento!.. ¿No ves que te lo dijeron para espantarte y que no salieras de tu casa?

-No creo... Mi abuelita nunca me ha mentido.

-¿Tienes miedo? –dijo Mario con la misma sonrisa de un pescador, que encuentra la carnada adecuada para atraer la cena-... A que no te atreves a ir mañana en la noche, para ver si tu abuela dice la verdad.

-Yo le dije que no iría y...

-Tienes miedo.

-No –Jaime no soportaba que le dijeran cobarde-, yo no tengo miedo.

-Sí lo tienes –el pescador jalaba un poco del sedal-, se te ve el miedo Jaime –ahora daba un tirón fuerte-, creo que eres gallina.

-¡Yo no le temo a nada!

El pez había picado.

-Nos vemos mañana a las diez, a un lado de la tienda de doña Carmela –desafió Jaime-, sólo espero que mis padres se duerman y te encuentro ahí.

-Está bien –Mario se sentía satisfecho-, no vayas a faltar.

-No vayas a faltar tú –dijo Jaime y cerró la ventana.

Entre sueños, y sin que tuviera sentido alguno, Jaime rogó porque sus ángeles de la guarda, permanecieran custodiando su ventana hasta el amanecer.

***

El día transcurrió normal, sólo que su padre no le dejó salir de la casa, ni por los mandados, y tampoco le dirigió la palabra. Su madre se mantuvo ocupada limpiando la casa, y su abuela se recostó un rato para calmar el dolor de espalda que le vino de repente. Jaime caminaba de un lado a otro, pensando en lo que le narró la vieja: en las ánimas y fantasmas, en la música... Casi le rogaba al reloj que no se moviera, pero descubrió que el tiempo tiene la mala cualidad de saber qué deseamos de él y hacer lo contrario.

Un parpadeo: y cuatro de la tarde.

Un suspiro: y las seis.

Alguien le toca la espalda y, de repente, ya son las ocho de la noche.

-“Dos horas, todavía faltan dos horas –pensó-, hay demasiado tiempo.”

Entonces bostezó: y ya eran las nueve y media. Cuando se dio cuenta, un escalofrío le arañó la espalda al igual que un gato en un cojín.

Su padre le dijo que se fuera a la cama. Cinco minutos después, todos estaban en sus cuartos también. Jaime dudaba: ¿Sería bueno olvidar todo? ¿Por qué demostrarle a Mario que no tenía miedo a los fantasmas?... El no les temía.

¿O sí?

-Yo no le tengo miedo a nada –dijo Jaime para sí mientras salía por la ventana y corría hacía el lugar acordado.

Cuando llegó, no había nadie. Suspiró, quizás a Mario no lo dejaron salir de su casa, o tal vez fue él quien tuvo miedo de salir y...

-Bailamos –dijo alguien a su espalda.

Jaime dio un grito seguido de un salto. Luego la risa de Mario le indicó que había caído otra vez en una broma.

-Creí que te acobardaste –aseguró mientras le daba un golpe en el hombro a Jaime-. Vámonos –y comenzó a correr fuera del pueblo.

Jaime lo siguió.

Poco a poco, la luz de las lámparas del pueblo fue devorada por la noche. Sólo las ramas y lo áspero del piso les indicaron que se encontraban en el cerro. De repente, se dio cuenta que no veía a Mario,  estaba solo y se detuvo de un golpe. Miró hacia todos lados pero sólo encontró oscuridad y ruidos extraños.

¿Qué animales sombríos lo estarían viendo desde las hojas?

¿Qué cosas abren los ojos cuando la noche abraza el campo?

¿No debería mejor regresar a casa? Quizá todavía hubiera tiempo de entrar a su cuarto y evitar que...

-Apúrate –dijo Mario detrás de un arbusto-, ven rápido.

Jaime se acercó hasta donde se encontraba su amigo, quien lo tomó de la ropa y lo obligó a esconderse. Se molestó. Estaba harto de las bromas de Mario y no iba a caer de nuevo:

-¿Por qué...?

-Ssssh –interrumpió Mario-... Escucha.

A lo lejos, un leve sonido de flauta cobraba vida; primero lento y poco a poco se volvía alegre, y regresaba al tono lúgubre, y luego al alegre. Si las canciones fueran personas, ésta sería un sepulturero que comienza a contar chistes. Cuanto más escuchaban, más clara se hacía, parecía que sus oídos se acostumbraban a la oscuridad, al igual que lo hacen los ojos en las noches.

-Regresemos –suplicó Jaime.

-No, veamos de dónde proviene... ¿O qué? ¿Eres gallina?

-No –se levantó y caminó hacia la música-, no lo soy... ¿Tú sí?

Mario titubeó un momento, pero luego siguió a su amigo.

La obscuridad en el campo es tan densa que puedes sentir el peso de la noche sobre tus hombros. Como si fuera un costal de maíz negro. Sin embargo, esa negrura tiene algo de cálido, es una manta para los campesinos que regresan a casa después de una larga jornada. Ambos niños lo sabían así, por eso se estremecieron cuando esa ligera fosforescencia azul, que brotaba del claro cercano, les quitó la manta y dejo que se helaran de un golpe.

Los pasos de ambos se hicieron cada vez más lentos, al tiempo que la música de flauta sonaba más fuerte. Los muchachos se ocultaron detrás de un árbol seco, y lo que vieron les congeló el aliento dentro de sus bocas:

Un esqueleto de ropas raídas y un solo ojo, que flotaba dentro de su órbita sin párpados, bailaba con una mujer de rostro blanco como la leche. Ella dejaba escapar lamentos largos y dolorosos con cada vuelta. al ritmo de los golpes de espada que, un conquistador español, daba sobre el suelo, al tiempo que gritaba: “¡Mi tesoro, ¿dónde he dejado mi tesoro?”. ¡Bolas de fuego giraban como luciérnagas!, sacudiéndose al ritmo de la música. Pronto se dieron cuenta: cientos... No: miles de espectros, que se encontraban congregados, en una macabra cacofonía de movimientos, formaban un círculo. Y en el centro de ese círculo, como si fuera el eje de una rueda de carreta infernal, un anciano tocaba la flauta. La cual, los chicos, pensaron al unísono que era tan blanca como el hueso.

Y lo era.

Un fémur convertido en flauta, sobre la cual, los ágiles dedos de ese viejo, lograban golpetear para modular el sonido en una extraña melodía de fiesta. Los ojos de ese hombre parecían de piedra incrustada, pero no una piedra cualquiera, sino de aquellas con las que los antiguos tapaban los ojos de los muertos antes de enterrarlos.

Entonces esos ojos de piedra se clavaron en ellos.

Mario y Jaime se dieron cuenta, pero ¿qué los detuvo? ¿No querían ser el primer cobarde ante el otro?... ¿o acaso fue esa nueva melodía que el músico comenzó a entonar?

Los huesos de ambos cobraron vida, no importaba cuánto desearan no moverse, cuánto forzaran a sus músculos para detenerlos. Ellos comenzaron a acercarse a la fiesta, al tiempo que los espectros abrían paso sin dejar de bailar.

Todos volteaban a verlos: los esqueletos, los cadáveres y los seres etéreos sin más cuerpo que la luz que emitían... Todos. Incluso una niña, sí, una niña de vestido verde miró a Jaime con profundo interés. Jaime prefirió verla a ella antes que en cualquier otro ser. La niña lo veía con una curiosidad profunda. Jaime cerró los ojos, intentó correr, alejarse, pero en lugar de eso siguió caminando hasta el centro de la reunión. En dónde lo esperaba ese viejo, que al tenerlo a un metro de distancia, dejó de tocar.

-Tenemos invitados a nuestra fiesta –dijo el anciano.

-¡Que bailen! –Gritaron todos los muertos al unísono-. ¡Que se unan a la fiesta!

El músico volvió a tomar su instrumento y la melodía brotó de nuevo. Los espectros tomaron del brazo a ambos muchachos y continuaron con su baile, moviéndose en círculos cada vez más pequeños, como si los llevaran al centro de un remolino que los tragaría para siempre.

Jaime y Mario pasaban de mano en mano: en un momento al lado de una condesa medieval, revolucionarios, mendigos, con una mujer de sombrero de plumas, o con un oficial francés... Todos unidos en la muerte como lo debieron haber estado en vida. Mario se perdió en la multitud que lo jalaba hasta el interior de la fiesta y Jaime dejó de verlo, al tiempo que suplicaba al Cielo por un desmayo, ya no ver todo esto sería una bendición. Quería ordenarle a su cuerpo que no escuchara la música, para que no...

Un dedo se colocó sobre el lunar de Jaime.

Era la niña del vestido verde. Lo tomó de las manos y giraron alejándose del centro, yendo hacia la orilla del baile. Ella lo observaba profundamente, sin pestañear. De repente, la niña empujó a Jaime, lanzándolo fuera de la danza, y fue a caer a un lado del arbusto, en donde se habían ocultado antes Mario y él.

-¡Corre “Ratón”! –gritó ella mientras se hundía de nuevo en la multitud-. ¡¡¡Corre!!!

Jaime se levantó y corrió.

La música comenzó a hacerse lejana. No supo cómo llegó hasta su casa, cómo entró por la ventana o cómo se cubrió con sus cobijas.

***

Al otro día su madre lo descubrió con fiebre y delirando. Pasaron una semana cuidándolo y culpando a la ventana que encontraron abierta.

Una tarde de domingo, casi llegando el crepúsculo, cuando tuvo fuerzas suficientes, contó todo lo que sucedió la Noche de San Juan: los muertos, el anciano y su flauta de fémur, Mario perdiéndose en la danza, y la niña del vestido verde. Sus padres se limitaron a decirle que lo había soñado, y que, seguramente, durante la fiebre los escuchó hablar, a ellos, que Mario tenía una semana desaparecido. La fiebre y la angustia lo hicieron alucinar, sobre esas historias que escuchaba entre sueños. Con un beso en la frente le pidieron perdón por inquietarlo. Su madre fue al pueblo, y su padre se unió al grupo que buscaba desde hacía una semana a Mario. No sin antes decirle a Jaime cuánto lo amaba.

Sólo su abuela permanecía en silencio. Hasta pocos minutos después de que los padres de Jaime salieron. Parecía pensar en algo. Se acercó a un lado de Jaime y le tocó el lunar con un dedo.

-No tengas miedo “Ratón” –dijo la abuela -... Siempre me lo repetía Laura. Una amiga que tuve cuando era niña.

Jaime abrió la boca con asombro: él nunca les dijo que la muchacha le había dicho “Ratón”.

-Yo era como tú –continuó-, nunca me gustó que me dijeran miedosa. Un día Laura me retó a salir en la Noche de San Juan... Ese día, recuerdo, ella llevaba el hermoso vestido verde que su papá le había comprado en la Capital.

-¿Y qué pasó “abue”?

-Fuimos al cerro de noche –La mujer contuvo las ganas de llorar-... Yo tuve miedo y salí corriendo cuando se escuchó la música... Laura siempre fue más valiente que yo y se quedó ahí –suspiró-. El miedo me protegió, en ese momento descubrí que el miedo podía ser bueno.

-¿Entonces esa niña era Laura? –dijo recordando el rostro de la chiquilla-... ¿Por qué crees que me salvó?

La abuela le tocó el lunar en la nariz, ése que ambos compartían.

-Porque era mi amiga...  La mejor.

-¿Y qué crees que les pasó a ella y a Mario?

La abuela le besó la frente, se levantó y fue hasta la puerta.

-Eres un niño muy bueno –le dijo la anciana con ternura-, tú tienes dos ángeles de la guarda que cuidan tu ventana –apagó la luz-. Buenas noches mi niño –y salió.

El ruido del viento sobre los árboles comenzó a silbar una canción de fiesta que Jaime reconoció de inmediato.

Temeroso, se acurrucó en su cama, cubrió su cabeza con las cobijas, y rezó porque los ángeles que cuidaban su ventana, le impidieran el paso a las notas de esa melodía infernal que lo hizo bailar en la Noche de San Juan.

 

 

 

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