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lunes, 26 de agosto de 2013


 
EL BAILE DE LA NOCHE DE SAN JUAN
2006 ©
 
Gerardo Romo
 

El vidrio estalló en un grito de mil cristales. La piedra que lanzó había dado exactamente en el centro. No falló ni por un centímetro. Jaime se tapó los ojos, para que ninguno de los pedazos de la ventana le lastimara la vista.

Detrás de él, Mario, su amigo, lanzaba una carcajada de alegría seguida de un:

-¡Eso Jaime! –Mario agitaba los brazos y hacia su pequeño baile de la victoria-. ¡Lo hiciste!

Don Armando, el viejo más gruñón del pueblo, salió de su casa empuñando su bastón para atrapar al que había roto su ventana.

-¡Muchachos del demonio! –el anciano intentó agarrar a Jaime del brazo, pero el niño fue más rápido y se escurrió por la calle, seguido de Mario que aún continuaba dando gritos de alegría.

-¡Corre! –dijo.

-¡Te vi! –continuó gritando don Armando-. ¡Y a ti también Mario! ¡Se lo diré a sus padres! –Agitó su bastón como si pudiera apalearlos a distancia-. ¡¡¡Les darán una tunda!!!

Ambos niños no se detuvieron hasta que llegaron al pie del cerro. Jaime, sin aire, se dejó caer en el suelo para descansar de la carrera. En ese momento, se preocupó por lo que dirían su mamá y su papá cuando don Armando los acusara: seguramente lo castigarían.

Volteó hacia donde su amigo Mario continuaba riendo por la travesura: él siempre lo estaba retando.

-“Vamos –insistía Mario-, hazlo ¿o qué?... ¿Eres un gallina?”.

A Jaime nunca le agradó que le dijeran miedoso... Y Mario lo sabía, y utilizaba eso para obligarlo a hacer todas las travesuras que se le ocurrieran.

Mario era un muchacho problemático, y todo el pueblo había sido víctima de sus bromas alguna vez. No era malo, pero a veces se dejaba llevar por sus impulsos sin ponerse a pensar en las consecuencias.

-Creo que no debí hacer eso –dijo Jaime arrepentido.

-¿No me digas que ya te dio miedo que te castiguen tus papás?

-No –mintió Jaime, pues sí tenía mucho miedo de lo que iban a decirle -, pero no debimos romperle la ventana a don Armando.

-¿Y por qué no? –Mario nunca se arrepentía de ninguna de sus acciones, y por lo mismo le parecía imposible que la gente tuviera remordimientos de algo-. Ese viejo se la pasa gritándonos y regañándonos por todo... Se merece eso y más.

-Pero, ¿no sabes que don Armando no tiene mucho dinero? ¿Cómo va a pagar el vidrio?

-Pues tus papás lo harán -Mario se rió burlón-... Así que no te preocupes.

 Jaime, molestó por la actitud de su amigo, se levantó.

-¿Ya te vas? –dijo Mario.

-Sí.

-¿Nos vemos mañana para ver quién mata más lagartijas? –Mario mostró su resortera nueva, la cual había estado oculta dentro de su camisa.

-No, creo que no –matar animalitos no era algo que le agradara, además, era casi seguro que estuviera castigado para entonces.

Jaime sólo dio dos pasos antes que la voz de Mario dijera a sus espaldas:

-¿Tienes miedo?

Jaime se quedó congelado por el coraje. Ya había demostrado muchas veces que él no era ningún cobarde. Sin embargo, Mario continuaba molestándolo cada vez que podía.

-¿Eres gallina? –insistía el niño.

Jaime lo vio con enojo.

-¿Vienes mañana o no, coyón?

-Nos vemos mañana –afirmó Jaime y se dirigió a su casa en donde lo esperaba su familia.

***

Su padre lo esperaba sentado en la entrada. Al ver acercarse a Jaime, el hombre se levantó con rostro serio. Cuando el niño lo vio disminuyó el paso, intentó estirar al tiempo, como si fuera una resortera nueva, retardando el momento del regaño, el cual sería seguido del castigo; mas, por muy lento que caminara tenía que llegar alguna vez.

El tiempo se estiró hasta su máximo y soltó la piedra:

-Don Armando vino a ver a tu madre hace rato –la voz de su padre fue seca, pocas veces lo había escuchado utilizar ese tono. Sólo esa vez que, por descuido, se había tropezado con el cuadro que el abuelo dibujó poco antes de morir, ése en donde se ven un par de montes y un caballo bebiendo agua. La pintura cayó al suelo y el marco se partió en dos-... ¿Te parece que es muy divertido romper la ventana de un anciano?

-No –respondió Jaime con un susurro.

-Don Armando dijo que no fue un accidente, que lo hiciste a propósito. ¿Es verdad?

Jaime no supo qué contestar.

-También dijo que ibas con Mario.

Ahora sí que estaba en problemas.

-¿Qué fue lo que te dije acerca de ese muchacho?

-Que era malo –respondió Jaime con un susurro.

-¿Y qué más?

-No sé –la mente de él estaba hecha un lío. Se habían borrado todos los recuerdos de un golpe, debido a una ola de vergüenza que se llevó todo. Lo único que le venía a la cabeza, era la imagen del anciano intentando tapar la ventana rota con un plástico, mientras el frío aire de la noche le hacía crujir los huesos-... no recuerdo.

-Que sólo buscaba ponerte en problemas, pero sobre todo que no quería que volvieras a jugar con él. ¿Ya recuerdas?

-Sí papá.

-Métete a la casa –el tono se volvió más áspero-, no vas a volver a salir en un mes.

Jaime entró y se dirigió directamente a su cuarto. Al cruzar por la sala, su madre y su abuela lo vieron caminar sin detenerse. Jaime no levantó la vista para evitar cruzar la mirada con la de su abuelita... Eso lo haría sentir mucho más mal.

Su abuelita siempre estaba diciéndole:

-“Eres una bendición, muchachito. Eres muy bueno, por eso tienes dos ángeles de la guarda en tu ventana”

¿Qué pensaría ella de él? Sobre todo ahora que se sabía que no era bueno... ¿Todavía creería que dos ángeles cuidaban su ventana? Incluso, ella, tenía un lunar en la punta de la nariz igual que él. La anciana siempre estaba tocándole el lunar con las puntas de los dedos, mientras él también colocaba su yema en el lunar de la anciana: eso lo hacía sentir protegido.

Jaime se sentó sobre su cama y se recostó. Esperaba poder ocultarse de todos y...

Toc, toc, toc.

Tocaban a la puerta... No quería ver a nadie. Tal vez si no respondía, pensó, quizás dejaran de tocar.

Toc, toc, toc.

-Voy a entrar Jaimito –dijo su abuelita del otro lado de la puerta.

-Sí abue –respondió el niño esperando que también ella le dijera lo mal que se había portado.

La mujer entró, con todo y lunar, con una sonrisa que alumbraba sobre una bandejita de madera, en la cual había un plato con sopa, otro con carne y un vaso de agua de frutas.

-Ya es tarde –dijo la abuela-, y seguro tienes hambre. A tu edad se debe comer mucho.

-Perdón –dijo Jaime con un hilito de voz-, no lo volveré a hacer... Le pediré perdón a don Armando y le pagaré su vidrio de mis domingos.

-Me parece bien, mi´jito –colocó la comida sobre el buró y se sentó a un lado del muchacho-. ¿Por qué hiciste esa travesura tan fea?

Él no sabía que decir, así que la verdad le brotó de la boca sin querer.

-Es que Mario me dijo...

-¡Tenía que ser! –Interrumpió la abuela-. ¿No te dijimos que ese muchacho sólo te metería en problemas?

Delatar a su amigo le pareció bastante cobarde. A lo hecho no hay remedio... Por eso la única manera de limpiar el pecado era admitir la propia culpa.

-Yo arroje la piedra –confesó el niño-... Mario no hizo nada.

-Sólo obligarte a hacerlo.

-No me obligó.

-No lo defiendas, conozco toda su historia. Desde que aprendió a caminar ha sido malcriado.

Jaime recordó que había quedado de verse con Mario al otro día. Si no iba, entonces le diría cobarde y cosas como esas. Pero su papá lo castigó con un mes sin salir de la casa.

¿Cómo ver a su amigo y demostrarle que no le tenía miedo a las lagartijas?

Sólo podía haber una solución.

-Abuelita –puso su voz más dulce en esta petición-, ¿tú crees que mi papá me permita salir mañana si le repongo la ventana a don Armando?

-¿Por qué quieres salir mañana con tanta urgencia?

-Es que le dije a Mario… –se detuvo. Sabía que cometió otro error.

-¡Ay mi niño! –Replicó su abuela-. ¡Y luego mañana! ¿No ves que es la Noche de San Juan?

-¿La Noche de quién? –Dijo Jaime-. ¿Qué es eso?

-La Noche de San Juan –la voz de su abuela se hizo seria-, es cuando, nadie sabe por qué, todos los fantasmas errantes se reúnen ahí –señalo hacia un cerro que se dibujaba por la ventana-. Los espantos que caminan por el mundo, esos que te esperan en las encrucijadas con sus ropas antiguas y sus miradas de caverna; incluso también los atrapados en casas o castillos: todos, sin que falte uno, llegan ahí.

-¿Para qué van, “abue”? –a pesar que los fantasmas lo asustaban, Jaime, siempre se sintió atraído por este tipo de historias.

-Para bailar –respondió ella sin dejar de ver el cerro.

-¿Bailar? ¿Y por qué se reúnen para eso?

-Nadie lo sabe –la anciana no dejaba de ver el cerro, su mirada se convirtió en una brújula enamorada del norte-, sólo que bailan al ritmo de una música que no es de este mundo.

-No parecen tan malos –el pequeño pensó en su mamá, a ella le encantaba ir a los bailes y que su padre la llevara en las vueltas-, si sólo bailan.

-Quizás no te parezcan malos, pero así es: Son espectros a los que no dejan entrar al Cielo ni al Infierno. ¿Quién sabe cuántos y qué pecados habrán cometido para que ni Dios ni el diablo quieran nada con ellos?

-Mi papá dice que los fantasmas no existen.

-Tu padre -afirmó con tono hosco- viene de la Capital. Ha vivido muy poco tiempo aquí como para que pueda afirmar qué cosa es cierta y qué no. Lo único que te puedo decir es que es mejor no salir en la Noche de San Juan. Y sobre todo, cerrar la ventana si es que escuchas a lo lejos risas y música, que parece provenir de todas partes y de ninguna a la vez.

A Jaime se le erizó la nuca al imaginar música como esa.

-Por eso –concluyó la abuela-, le diré a tu padre que te levante el castigo, claro, si le pagas el vidrio a don Armando y le pides una disculpa.

-¿De verdad? –una sonrisa recorrió el rostro del niño hasta llenarle toda la cara.

-Sí –la mujer se levantó y fue hasta la puerta-, eso es lo que haré... Hasta pasado mañana.

La sonrisa de Jaime se derritió en un gesto de desilusión.

-Pero abuelita –reclamó-, Mario dirá que soy un miedoso.

-¿Y eso es malo?

-Claro que es malo.

-El miedo no es ni malo ni bueno... Es como las piedras.

-¿Cómo “Abue”? No entiendo.

-Si tomas una piedra y construyes un puente: entonces es bueno, pero si tomas esta misma piedra y rompes un vidrio es malo.

-¿Entonces el miedo es bueno?

-Sólo cuando lo utilizas bien –la abuela abrió la puerta-. Come todo. Necesitas crecer, y sólo crecen los que comen –la anciana salió y cerró la puerta, al tiempo que Jaime intentaba entender lo que su abuelita le acababa de decir.

***

Pasó todo ese día encerrado en su cuarto, hasta que pudo ver a la noche derretirse sobre el cielo como lodo recién mojado. Jaime estuvo todo el tiempo moviendo de un lado a otro sus piernas, hasta que éstas le comenzaron a doler de tal manera que sintió como punzaban. Entonces decidió que era hora de descansar. Dejó caer todo su cuerpo en la cama y cerró los ojos intentando encontrar la respuesta a: “¿Cómo puede ser bueno el miedo?”. Cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño.

Entonces el sonido de una flauta lejana lo estremeció y lo hizo erguirse de un golpe.

La música provenía de su ventana. Con miedo, recordando el relato de su abuela, se acercó poco a poco a la ventana.

-Jaime –dijo alguien

El niño abrió la ventana para descubrir a Mario del otro lado.

-¿Mario, eras tú el que tocaba la flauta?

-¿Cuál flauta? –Respondió con su acostumbrado tono burlón–. Te estaba silbando...  Dime, ¿te castigaron?

-Sí, ¿y a ti?

-Claro, ¡cómo siempre! -la sonrisa de él delataba que tampoco le importaba mucho eso -. ¿Vas a venir mañana?

-No puedo. No me van a dejar salir en un mes. Además mañana es la noche de San Juan.

Tonto, tonto... ¿Cómo pudo ser Jaime tan tonto?

-¿Qué es eso? –preguntó intrigado Mario.

Jaime no debió abrir la boca, debió cambiar de tema... Pero era demasiado honesto para su desgracia.

-Es el día en el que los fantasmas van a bailar ahí –señaló hacia atrás de dónde se encontraba exactamente su amigo.

Mario volteó y miró.

-¿A ese cerro pelón? –Se rio-. ¡Ay Jaime! ¡Tú te crees cada cuento!.. ¿No ves que te lo dijeron para espantarte y que no salieras de tu casa?

-No creo... Mi abuelita nunca me ha mentido.

-¿Tienes miedo? –dijo Mario con la misma sonrisa de un pescador, que encuentra la carnada adecuada para atraer la cena-... A que no te atreves a ir mañana en la noche, para ver si tu abuela dice la verdad.

-Yo le dije que no iría y...

-Tienes miedo.

-No –Jaime no soportaba que le dijeran cobarde-, yo no tengo miedo.

-Sí lo tienes –el pescador jalaba un poco del sedal-, se te ve el miedo Jaime –ahora daba un tirón fuerte-, creo que eres gallina.

-¡Yo no le temo a nada!

El pez había picado.

-Nos vemos mañana a las diez, a un lado de la tienda de doña Carmela –desafió Jaime-, sólo espero que mis padres se duerman y te encuentro ahí.

-Está bien –Mario se sentía satisfecho-, no vayas a faltar.

-No vayas a faltar tú –dijo Jaime y cerró la ventana.

Entre sueños, y sin que tuviera sentido alguno, Jaime rogó porque sus ángeles de la guarda, permanecieran custodiando su ventana hasta el amanecer.

***

El día transcurrió normal, sólo que su padre no le dejó salir de la casa, ni por los mandados, y tampoco le dirigió la palabra. Su madre se mantuvo ocupada limpiando la casa, y su abuela se recostó un rato para calmar el dolor de espalda que le vino de repente. Jaime caminaba de un lado a otro, pensando en lo que le narró la vieja: en las ánimas y fantasmas, en la música... Casi le rogaba al reloj que no se moviera, pero descubrió que el tiempo tiene la mala cualidad de saber qué deseamos de él y hacer lo contrario.

Un parpadeo: y cuatro de la tarde.

Un suspiro: y las seis.

Alguien le toca la espalda y, de repente, ya son las ocho de la noche.

-“Dos horas, todavía faltan dos horas –pensó-, hay demasiado tiempo.”

Entonces bostezó: y ya eran las nueve y media. Cuando se dio cuenta, un escalofrío le arañó la espalda al igual que un gato en un cojín.

Su padre le dijo que se fuera a la cama. Cinco minutos después, todos estaban en sus cuartos también. Jaime dudaba: ¿Sería bueno olvidar todo? ¿Por qué demostrarle a Mario que no tenía miedo a los fantasmas?... El no les temía.

¿O sí?

-Yo no le tengo miedo a nada –dijo Jaime para sí mientras salía por la ventana y corría hacía el lugar acordado.

Cuando llegó, no había nadie. Suspiró, quizás a Mario no lo dejaron salir de su casa, o tal vez fue él quien tuvo miedo de salir y...

-Bailamos –dijo alguien a su espalda.

Jaime dio un grito seguido de un salto. Luego la risa de Mario le indicó que había caído otra vez en una broma.

-Creí que te acobardaste –aseguró mientras le daba un golpe en el hombro a Jaime-. Vámonos –y comenzó a correr fuera del pueblo.

Jaime lo siguió.

Poco a poco, la luz de las lámparas del pueblo fue devorada por la noche. Sólo las ramas y lo áspero del piso les indicaron que se encontraban en el cerro. De repente, se dio cuenta que no veía a Mario,  estaba solo y se detuvo de un golpe. Miró hacia todos lados pero sólo encontró oscuridad y ruidos extraños.

¿Qué animales sombríos lo estarían viendo desde las hojas?

¿Qué cosas abren los ojos cuando la noche abraza el campo?

¿No debería mejor regresar a casa? Quizá todavía hubiera tiempo de entrar a su cuarto y evitar que...

-Apúrate –dijo Mario detrás de un arbusto-, ven rápido.

Jaime se acercó hasta donde se encontraba su amigo, quien lo tomó de la ropa y lo obligó a esconderse. Se molestó. Estaba harto de las bromas de Mario y no iba a caer de nuevo:

-¿Por qué...?

-Ssssh –interrumpió Mario-... Escucha.

A lo lejos, un leve sonido de flauta cobraba vida; primero lento y poco a poco se volvía alegre, y regresaba al tono lúgubre, y luego al alegre. Si las canciones fueran personas, ésta sería un sepulturero que comienza a contar chistes. Cuanto más escuchaban, más clara se hacía, parecía que sus oídos se acostumbraban a la oscuridad, al igual que lo hacen los ojos en las noches.

-Regresemos –suplicó Jaime.

-No, veamos de dónde proviene... ¿O qué? ¿Eres gallina?

-No –se levantó y caminó hacia la música-, no lo soy... ¿Tú sí?

Mario titubeó un momento, pero luego siguió a su amigo.

La obscuridad en el campo es tan densa que puedes sentir el peso de la noche sobre tus hombros. Como si fuera un costal de maíz negro. Sin embargo, esa negrura tiene algo de cálido, es una manta para los campesinos que regresan a casa después de una larga jornada. Ambos niños lo sabían así, por eso se estremecieron cuando esa ligera fosforescencia azul, que brotaba del claro cercano, les quitó la manta y dejo que se helaran de un golpe.

Los pasos de ambos se hicieron cada vez más lentos, al tiempo que la música de flauta sonaba más fuerte. Los muchachos se ocultaron detrás de un árbol seco, y lo que vieron les congeló el aliento dentro de sus bocas:

Un esqueleto de ropas raídas y un solo ojo, que flotaba dentro de su órbita sin párpados, bailaba con una mujer de rostro blanco como la leche. Ella dejaba escapar lamentos largos y dolorosos con cada vuelta. al ritmo de los golpes de espada que, un conquistador español, daba sobre el suelo, al tiempo que gritaba: “¡Mi tesoro, ¿dónde he dejado mi tesoro?”. ¡Bolas de fuego giraban como luciérnagas!, sacudiéndose al ritmo de la música. Pronto se dieron cuenta: cientos... No: miles de espectros, que se encontraban congregados, en una macabra cacofonía de movimientos, formaban un círculo. Y en el centro de ese círculo, como si fuera el eje de una rueda de carreta infernal, un anciano tocaba la flauta. La cual, los chicos, pensaron al unísono que era tan blanca como el hueso.

Y lo era.

Un fémur convertido en flauta, sobre la cual, los ágiles dedos de ese viejo, lograban golpetear para modular el sonido en una extraña melodía de fiesta. Los ojos de ese hombre parecían de piedra incrustada, pero no una piedra cualquiera, sino de aquellas con las que los antiguos tapaban los ojos de los muertos antes de enterrarlos.

Entonces esos ojos de piedra se clavaron en ellos.

Mario y Jaime se dieron cuenta, pero ¿qué los detuvo? ¿No querían ser el primer cobarde ante el otro?... ¿o acaso fue esa nueva melodía que el músico comenzó a entonar?

Los huesos de ambos cobraron vida, no importaba cuánto desearan no moverse, cuánto forzaran a sus músculos para detenerlos. Ellos comenzaron a acercarse a la fiesta, al tiempo que los espectros abrían paso sin dejar de bailar.

Todos volteaban a verlos: los esqueletos, los cadáveres y los seres etéreos sin más cuerpo que la luz que emitían... Todos. Incluso una niña, sí, una niña de vestido verde miró a Jaime con profundo interés. Jaime prefirió verla a ella antes que en cualquier otro ser. La niña lo veía con una curiosidad profunda. Jaime cerró los ojos, intentó correr, alejarse, pero en lugar de eso siguió caminando hasta el centro de la reunión. En dónde lo esperaba ese viejo, que al tenerlo a un metro de distancia, dejó de tocar.

-Tenemos invitados a nuestra fiesta –dijo el anciano.

-¡Que bailen! –Gritaron todos los muertos al unísono-. ¡Que se unan a la fiesta!

El músico volvió a tomar su instrumento y la melodía brotó de nuevo. Los espectros tomaron del brazo a ambos muchachos y continuaron con su baile, moviéndose en círculos cada vez más pequeños, como si los llevaran al centro de un remolino que los tragaría para siempre.

Jaime y Mario pasaban de mano en mano: en un momento al lado de una condesa medieval, revolucionarios, mendigos, con una mujer de sombrero de plumas, o con un oficial francés... Todos unidos en la muerte como lo debieron haber estado en vida. Mario se perdió en la multitud que lo jalaba hasta el interior de la fiesta y Jaime dejó de verlo, al tiempo que suplicaba al Cielo por un desmayo, ya no ver todo esto sería una bendición. Quería ordenarle a su cuerpo que no escuchara la música, para que no...

Un dedo se colocó sobre el lunar de Jaime.

Era la niña del vestido verde. Lo tomó de las manos y giraron alejándose del centro, yendo hacia la orilla del baile. Ella lo observaba profundamente, sin pestañear. De repente, la niña empujó a Jaime, lanzándolo fuera de la danza, y fue a caer a un lado del arbusto, en donde se habían ocultado antes Mario y él.

-¡Corre “Ratón”! –gritó ella mientras se hundía de nuevo en la multitud-. ¡¡¡Corre!!!

Jaime se levantó y corrió.

La música comenzó a hacerse lejana. No supo cómo llegó hasta su casa, cómo entró por la ventana o cómo se cubrió con sus cobijas.

***

Al otro día su madre lo descubrió con fiebre y delirando. Pasaron una semana cuidándolo y culpando a la ventana que encontraron abierta.

Una tarde de domingo, casi llegando el crepúsculo, cuando tuvo fuerzas suficientes, contó todo lo que sucedió la Noche de San Juan: los muertos, el anciano y su flauta de fémur, Mario perdiéndose en la danza, y la niña del vestido verde. Sus padres se limitaron a decirle que lo había soñado, y que, seguramente, durante la fiebre los escuchó hablar, a ellos, que Mario tenía una semana desaparecido. La fiebre y la angustia lo hicieron alucinar, sobre esas historias que escuchaba entre sueños. Con un beso en la frente le pidieron perdón por inquietarlo. Su madre fue al pueblo, y su padre se unió al grupo que buscaba desde hacía una semana a Mario. No sin antes decirle a Jaime cuánto lo amaba.

Sólo su abuela permanecía en silencio. Hasta pocos minutos después de que los padres de Jaime salieron. Parecía pensar en algo. Se acercó a un lado de Jaime y le tocó el lunar con un dedo.

-No tengas miedo “Ratón” –dijo la abuela -... Siempre me lo repetía Laura. Una amiga que tuve cuando era niña.

Jaime abrió la boca con asombro: él nunca les dijo que la muchacha le había dicho “Ratón”.

-Yo era como tú –continuó-, nunca me gustó que me dijeran miedosa. Un día Laura me retó a salir en la Noche de San Juan... Ese día, recuerdo, ella llevaba el hermoso vestido verde que su papá le había comprado en la Capital.

-¿Y qué pasó “abue”?

-Fuimos al cerro de noche –La mujer contuvo las ganas de llorar-... Yo tuve miedo y salí corriendo cuando se escuchó la música... Laura siempre fue más valiente que yo y se quedó ahí –suspiró-. El miedo me protegió, en ese momento descubrí que el miedo podía ser bueno.

-¿Entonces esa niña era Laura? –dijo recordando el rostro de la chiquilla-... ¿Por qué crees que me salvó?

La abuela le tocó el lunar en la nariz, ése que ambos compartían.

-Porque era mi amiga...  La mejor.

-¿Y qué crees que les pasó a ella y a Mario?

La abuela le besó la frente, se levantó y fue hasta la puerta.

-Eres un niño muy bueno –le dijo la anciana con ternura-, tú tienes dos ángeles de la guarda que cuidan tu ventana –apagó la luz-. Buenas noches mi niño –y salió.

El ruido del viento sobre los árboles comenzó a silbar una canción de fiesta que Jaime reconoció de inmediato.

Temeroso, se acurrucó en su cama, cubrió su cabeza con las cobijas, y rezó porque los ángeles que cuidaban su ventana, le impidieran el paso a las notas de esa melodía infernal que lo hizo bailar en la Noche de San Juan.

 

 

 

domingo, 25 de agosto de 2013

UN CUENTO DE DRAGONES
2006 ©

Gerardo Romo


Los cuentos de hadas deben comenzar con "había una vez", pero éste no. Puesto que no hubo una casa: hay una casa. No "hubo una cañada", todavía está ahí, como si fuera una cicatriz sobre la espalda del valle que lleva hasta el pueblo. Y casi todos los protagonistas continúan con sus vidas. Casi, es verdad. Pero los suficientes como para que "había una vez" pierda sentido. Así que diré que Raúl salió ese día azotando la puerta. Mientras corría hacia las barrancas, el niño ocultaba entre su ropa un dinosaurio y un caballero de plástico. Su padrastro salió detrás de él con rostro molesto. Primero intentó alcanzarlo, pero Raúl era mucho más rápido que él. Con sus casi sesenta años, Jorge, el padrastro, ya no era un hombre que pudiera seguirle el paso a un muchacho de once.
-¡Raúl! –Gritó exhausto mientras se detenía a descansar-. ¡Ven para acá!
El niño corrió hasta que los jadeos de Jorge se perdieron a sus espaldas. No entendía por qué su madre se había casado de nuevo con ese hombre tan viejo.
-Es malo –susurró Raúl.
No es cierto: siempre está atento con todo lo de la casa, cuida a tu madre, y hace todo lo posible para que nada te falte. Incluso, todos los días intenta hacerte, al menos, un gesto cariñoso para ganarte. Pero tú no se lo permites.
-Es gritón –insiste el niño.
No mientas, Jorge es muy callado y calmado.
-No me quiere.
Tu padrastro hace todo lo posible por ganar tu aprecio... Tú eres quien se resiste.
-Es viejo.
Sí, es viejo. Eso no puede negarse.
Dejó de correr cuando llegó a un páramo, a mitad de la barranca. Sacó al dinosaurio y al caballero, y comenzó a imaginar aventuras: el juguete cobró vida para salvar princesas de las garras de monstruos. Una lágrima quiso escapar del ojo de Raúl cuando vio detenidamente al caballero. El rostro plástico del héroe estaba adornado con una tupida barba.
-Igual a la de mi papá –pensó Raúl.
El padre de Raúl, fue un capitán de la Marina Nacional, siempre estaba en algún lugar ayudando a las personas: socorría a los que se quedaban sin casa por un huracán, o rescataba pescadores perdidos en el mar... Una vez, incluso, atrapó a unos piratas. ¡Unos verdaderos piratas! No de esos de los cuentos, sino de aquellos de verdad. Raúl le preguntó si alguno tenía un parche en el ojo o pata de palo. Su papá se rio y le respondió:
-No, pero uno usaba lentes.
Raúl pensó que un pirata con lentes era algo raro... pero de ninguna manera le quitaba lo pirata.
Cuando regresaba de sus viajes, la alegría se hacía patente en toda la casa. Siempre lo recordaba fuerte y de sonrisa fácil. Le agradaba verlo junto a su madre, y le encantaba que lo levantara a él para colocarlo en esos hombros anchos. Desde arriba el niño tocaba el techo, y sabía que si se estiraba un poco, podría arañar a la luna sin problema... Era feliz.
Entonces su papá murió.
Cómo le dolía recordarlo.
Lo extrañaba mucho.
Por eso no soportaba a Jorge, no tenía nada que ver con su padre: era un tendero... un simple tendero. Lo más emocionante que había hecho en su vida era cortar el jamón sin rebanarse los dedos. Un día, casi a la semana de su boda. El viejo quiso cargar a Raúl. El crujido de huesos estremeció la casa. Era débil y cobarde. ¿Cómo era posible que su mamá quisiera relegar a su padre por ese pobre hombre?
Olvidó todo y se sumergió en la nueva aventura de su caballero.
-¡Muere dragón! –dijo el niño mientras hacía caminar al muñeco hasta el monstruo de plástico.
Así transcurrió hora y media.
El héroe había ganado tres batallas e iba por la definitiva, pero el monstruo de plástico se preparaba para hacer caer al caballero en su trampa.
¿Caería el caballero en las fauces del monstruo?
¿Ganaría el héroe como siempre?
Pronto lo descubriríamos.
-¡Raúl! –Gritó su mamá desde lo alto de la barranca-. ¡Raúl ven! ¡Ya es hora de comer!
O tal vez, la última batalla quedara para otro día.
-¡Raúl! –insistió ella.
El niño no quería llegar a casa. Seguramente Jorge ya lo había acusado con ella. Sin dudar, el viejo le comentó todos los insultos que Raúl le dijo... Seguramente, hasta inventó algunos más para que el regañó fuera fuerte.
-¡Deja de jugar!
-¡Ya voy mamá! –Raúl se levantó apresuradamente sin acordarse de recoger sus juguetes.
El niño corrió barranca arriba hasta llegar al lado de su madre, quien lo recibió con un beso en la frente como si nada pasara.
¿Acaso Jorge no lo había acusado?
¿O a su madre no le importaba que se peleara con Jorge?... Sí, sí le importaba. Seguramente Jorge no había dicho nada aún.
¿Por qué?
Ambos caminaron de nuevo hacia la casa, dejando al dinosaurio tirado a un lado del caballero de juguete.
Una bota pisó y restregó al héroe de plástico hasta destrozarlo.
Un anciano, de ojos color piedra, miró cómo madre e hijo se alejaban. Cuando ellos se perdieron de vista. Sacó su flauta blanca de fémur, y se sentó para hacer sonar una melodía, que hizo chillar a los pájaros ocultos en las copas de los árboles. Los perros, a lo lejos, comenzaron a aullar cuando las notas finales de la música se cristalizaron en el aire. Esas notas malditas se retorcieron hasta convertirse en gusanos cenizos y rodaron por tierra. El viejo quitó su flauta de la boca y, con el cuidado de una madre, tomó a uno de los gusanos, el más repulsivo de todos, y lo colocó en el hocico del dinosaurio de plástico. El animal se deslizó hasta dentro del monstruo de juguete. El viejo sonrió y guardó su flauta de hueso entre sus ropas.
Silbando una canción macabra se perdió en lo profundo de la barranca.
Los pájaros agitaban sus alas, mientras, desde algún arbusto, las serpientes movían sus cascabeles con nerviosismo. Todos los animales, salvo los pájaros, huyeron cuando el dinosaurio parpadeó.
***
En la comida, sólo la madre de Raúl hablaba con felicidad de las cosas nuevas que habían llegado a la tienda: ropa de colores maravillosos, hermosos zapatos y aretes de formas finas. Jorge escuchaba y sonreía con amabilidad, mientras Raúl esperaba que en cualquier momento, su padrastro, lo acusara con su madre por las cosas que el muchacho le había dicho.
Pero no sucedió.
Eso molestaba a Raúl: ¿Por qué no lo delataba? ¿Qué esperaba ganar guardando el secreto?... ¿Gratitud?
-Pues no señor –pensó el niño-, de ninguna manera le agradeceré nada.
Si tan sólo, al menos, el tendero le diera un pretexto válido para odiarlo... Tan sólo una razón.
La madre fue a la cocina para traer el asado. Jorge miró al niño y sonrió, pero éste no le devolvió el gesto. De repente, el hombre se levantó y se acercó a la ventana que daba hacia la barranca.
-¿Escuchaste eso? –le preguntó Jorge.
-No escuché nada –respondió molesto Raúl.
Jorge continuó mirando por la ventana.
-Sonó algo extraño –continuó el tendero-, como un ligero gruñido... Me puso la piel de gallina.
-Cobarde  –pensó el niño-. Mi papá no se asustaba con ruiditos.
Cuando llegó la mujer de nuevo, Jorge se alejó de la ventana y se dispuso a comer, olvidando el sonido que antes lo había sobresaltado. Desde el fondo de la barranca, un par de enormes ojos observaban la casa en donde la familia comía.
***
Al terminar de comer, Raúl se dio cuenta de la falta de sus juguetes y deseaba salir por ellos, pero...
-Raúl –dijo Jorge-, ¿quieres platicar conmigo un momentito?
El niño quería decirle “No, no quiero hablar contigo”, pero no deseaba mortificar a su mamá.
Ninguno deseaba mortificarla.
Lo único que los unía a los dos, era el pacto no dicho de evitar sus diferencias enfrente de ella. Sin embargo, lo único malo de todo, era que nadie se daba cuenta que el otro también seguía esta regla.
Quizás de notarlo se respetarían un poco más.
-Vamos –aceptó el muchacho.
-Me parece bien –Jorge se levantó con una sonrisa-, ¿qué te parece si platicamos camino a la paletería? ¿Quieres una nieve de limón?
-No –respondió seco.
-Bueno –insistió-, no digas nada todavía. A lo mejor cuando veas los helados se te antoja alguno –volteó hacia la mujer-. ¿No quieres que te traiga algo?
Ella, sonriendo, negó con la cabeza.
Muchacho y hombre comenzaron a caminar por la vereda.
Uno ansioso.
Otro molesto.
Uno quería encontrar las palabras adecuadas para comenzar la plática.
Otro quería encontrar las indicadas para terminarla.
-Raúl –comenzó-, ¿por qué no te agrado?
El niño no contestó nada... ¿Qué le podría decir?
-Yo no intento quitarle el lugar a tu padre...
-Ni podrías –interrumpió a Jorge-, mi papá no era un tendero –se tuvo que contener para no decir  “Cobarde”.
Jorge quedó un poco impactado por la respuesta, pero se repuso rápido. Lo que el chico había dicho no le asombraba demasiado: ya lo intuía.
-Tu papá era un gran hombre, yo lo conocí mucho antes que nacieras –Jorge intentó dulcificar su tono de voz-, pero lo importante en él, es que también era una persona buena y decente.
-Sí, lo era.
-Yo también intento ser bueno y decente. Además amo a tu madre y...
-¡Tú no eres mi papá! –Raúl ya no quería escuchar más-. ¡Nunca serás mi papá! ¡Te odio! –y salió disparado en dirección a la barranca dejando a Jorge con un gesto impotente.
La madre de Raúl, se encontraba barriendo la entrada cuando vio a su hijo llegar corriendo. No dijo nada, no lo llamó, supo qué pasaba cuando vio el rostro de su esposo, al acercarse éste por el camino. Ella fue a recibirlo y, en silencio, ambos se sentaron en la entrada.
Ella recostó su cabeza en el hombro de él a manera de consuelo.
***
Raúl llegó hasta el lugar en donde dejó olvidados a sus juguetes. Comenzó a buscar y lo primero que vio fue a su caballero destrozado.
Era su juguete preferido.
El que le recordaba a su padre.
¿Quién lo rompió?
-Jorge –susurró el niño entre sollozos-... fue Jorge.
Luego se dio cuenta que Jorge estuvo con él durante la comida.
-No –resolvió–, no pudo ser él.
Recordó al dinosaurio, pero no lo vio por ninguna parte. Alguien debió haberlo robado, quizás el mismo que le despedazó su caballero. Recogió lo que quedaba del juguete, y miró hacia el fondo de la barranca: las enormes hierbas impedían la visión. Un par de veces intentó bajar hasta el final de la pendiente, pero fue imposible por las zarzas y sus espinas, además de ruidos de serpiente y otras cosas raras.
No se atrevía a ir más adelante... Ni aún por su preciado dinosaurio. Por lo cual decidió regresar a casa y dio un paso.
Un gruñido le hizo detenerse.
Entonces le siguió un rugido que parecía lanzado desde una garganta de pozo seco.
Raúl salió disparado cuando los matorrales, del fondo de la barranca, comenzaron a moverse con violencia. Apresuró el paso sin voltear. A sus espaldas, se escuchaban fuertes pisadas que aceleraban.
Un aliento caliente le movió los cabellos de la nuca.
Sin saber cómo, entró disparado a su hogar, y cerró la puerta con un golpe fuerte, que hizo que su madre y Jorge se acercaran con preocupación.
-¿Qué pasa? –le preguntó Jorge al verlo tan alterado y con los pedazos de su caballero entre las manos.
El niño todavía no podía dejar de temblar.
-Habla hijo –le insistió la mujer.
-Algo me persiguió en la barranca –tartamudeó Raúl-... Un animal.
-¿Un animal? –su mamá le acarició el cabello intentando que el niño se tranquilizara-. ¿Un perro?
-Era más grande... Creo.
Jorge se asomó por la ventana y observó con cuidado. El niño pudo notar que no hizo el intento de salir a verificar. Cuando fue hasta la puerta y la cerró con llave, la palabra “cobarde” volvió a resonar en la cabeza del muchacho.
-No veo nada –dijo Jorge-, pero será mejor que no salgan por si las dudas. Ya mañana iré a ver si encuentro algo.
Raúl olvidó el susto por fijarse en la forma temerosa en la cual Jorge se comportaba. Sus maneras eran de un anciano inseguro: sus cabellos canosos, esas pequeñas manchas que le comenzaban a brotar en las manos, las arrugas de sus ojos y esa creciente calvicie que enseñaba cada día un poco más de su frente.
¿Qué es lo que haría el papá del niño si estuviera vivo?
Saldría sin preguntar, bajaría hasta lo profundo de la pendiente, encontraría a ese animal que lo persiguió, para convertirlo en la cena. Y de esa forma decirles a todas las bestias del monte que nadie podía meterse con la familia de un héroe. Que tuvieran cuidado de no atacar a su hijo nunca.
Pero ese hombre.
El padrastro.
El anciano.
El cobarde.
Se limitaba a encerrarse esperando que el tiempo pasara, hasta que se le ocurriera otro pretexto para no salir. Además, si se atreviera a bajar por la pendiente y, de casualidad, encontrara al animal ¿qué haría?
-Saldría corriendo –pensó el niño-. Eso es lo que haría.
***
Raúl se preparó para dormir; su mamá lo arropó y le dio un beso de buenas noches. Cuando ella se disponía a irse, él ya no pudo soportar más y soltó:
-Mamá, ¿por qué te casaste con Jorge?
La mujer se asomó por el quicio para ver si su esposo se encontraba ahí, y no, no estaba: ya se había ido a su recámara. Ella cerró la puerta y se acercó al niño.
-¿Por qué me preguntas esto? –dijo ella.
-Porque no se parece en nada a... –Raúl se detuvo, hacía mucho tiempo que no quería mencionar a su padre frente a su mamá.
-No se parece a tu papá –ella hizo una sonrisa triste-, ¿verdad?
-No –aceptó-, no se parece... ¿Lo quieres?
-Sí –dijo su madre-. Es mi esposo ahora y lo amo. Si no, jamás me hubiera casado con él.
-Pero ¿por qué?
-Jorge y tu papá son diferentes porque nadie es igual, pero hay en algo en lo que se parecen.
-¿En qué?
-Jorge es un hombre bueno como lo fue tu papá –la mirada de ella se clavó de forma dulce en los ojos de su hijo-... Dale una oportunidad. Jorge hace todo lo posible por ganarte. Dime algo: ¿te ha tratado mal o no ha estado atento a lo que necesitas? No, ¿verdad? Entonces ¿qué tienes contra él?
Raúl quería decirle: “Es un cobarde mamá”, pero no pudo. Su madre no quiso obligarlo a contestar, quizás porque sabía que la respuesta no era para ella, y que ésta tenía que descubrirla su hijo a su debido tiempo. Por esa razón su madre decidió dejarlo descansar:
-Duérmete y pórtate mejor con Jorge –ella se levantó y salió del cuarto.
El niño se durmió, pero entre sueños unas enormes fauces se abrían y cerraban detrás de él. Mientras, a lo lejos, en un rincón oscuro de su sueño, un anciano de ropa vieja y sonrisa malévola, jugueteaba divertido con una flauta preparándose para tocar.
***
Al otro día, Raúl, armado con un palo, bajó para investigar en lo profundo de la barranca. Avanzaba con cuidado, de la misma forma en la cual imaginó a su caballero de plástico caminar por los valles llenos de peligros. Con cuidado, movía cada arbusto, esperando que algo brincara de ahí.
Se detuvo a un paso de la pendiente más pronunciada que llevaba hasta el fondo de la barranca. A pesar de haber vivido toda su vida ahí, nunca se atrevió a cruzar esa frontera. Miró con cuidado: sólo se veían zarzas y hierba que se levantaba seguramente dos metros arriba del suelo.
Tomó valor y se dispuso a dar un paso.
-¡Raúl! –Gritó Jorge desde afuera de la barranca-. ¡Sube!
El grito le arrancó, de un golpe, el valor al niño y se retiró de la pendiente.
Sin la gota de valentía que le costó tanto juntar, no le quedó otra a Raúl más que subir hasta donde se encontraba su padrastro. Así que, marmullando, caminó hasta donde estaba Jorge, dando de vez en cuando un golpe con el palo a las piedras que encontraba en su ascenso.
Llegó hasta el hombre que lo esperaba al lado de una bolsa negra de plástico.
-Raúl –le dijo él-, acabo de ir a preguntar en el pueblo si saben de algún animal que ande suelto. Don Pedro me dijo que hoy en la mañana descubrió que se habían perdido varias de sus ovejas. Quizás se las haya llevado el animal que viste.
-¿Qué animal es?
-No sé, pero mientras lo encuentran no bajes más allá –señaló a la barranca-. En una hora, van a salir algunos del pueblo para cazarlo. Hasta entonces no es seguro que vayas solo.
-¿Y vas a ir tú con ellos Jorge?
-No –respondió su padrastro-, tengo cosas que hacer en la tienda.
-Ya lo sabía –pensó el niño.
Jorge tomó la bolsa de plástico y se la dio.
-Ten –dijo el hombre-, lo mandé pedir hace un par de meses pero hasta ahora me llegó.
Raúl abrió la bolsa y dentro de ella se encontraba un nuevo caballero de juguete.
-Sé que el otro que tenías se rompió –continuó Jorge-, es malo, yo quería que fuera el compañero de tu caballero, pero al menos ya tienes con qué jugar.
La armadura del juguete era más brillante y vistosa que la del anterior, incluso se le podía poner y quitar; la pluma que adornaba su casco era de verdad, además que tenía capa, espada, lanza, estandarte con escudo de armas y un amuleto mágico que brillaba en la oscuridad.
El caballero era fantástico.
-Me gustaba más el de antes –dijo Raúl al tiempo que emprendió su camino hacia la casa.
Jorge, cabizbajo, se dio vuelta para observar con tristeza el fondo de la barranca.
***
La llegada de la noche fue silenciosa, Raúl no quería hablar con Jorge ni de Jorge. Todavía estaba molesto con la falta de valor del viejo para buscar al animal.
Por lo que supo no se encontró nada.
Acostado en su cuarto, veía como la luz de la luna entraba e iluminaba al caballero que le regaló su padrastro.
Aún no lo había sacado de su empaque.
De repente, una gigantesca sombra cruzó por su ventana. Raúl dio un brinco y vio como ésta se perdía de nuevo en la oscuridad. Con cuidado, se levantó para observar a través del marco. Pudo ver cómo la figura gigantesca se hundía rápidamente en la barranca.
Tenía cola... Una titánica cola de reptil que se meneaba de un lado a otro.
-Un dragón –susurró Raúl-... Hay un dragón en la barranca.
Al principio quiso ir a decírselo a su mamá y a Jorge, pero luego recapacitó: ninguno de los dos le creerían, quizás lo mandarían a dormir, nada más.
-Jamás he visto un dragón de cerca –pensó al tiempo que comenzaba a vestirse.
Abrió la ventana y fue por donde se había ido la bestia. Bajar la pendiente sin luz le era tan fácil, que no se preocupó de tropezar o caer. Caminar por ese lugar le era tan común que resbalar le parecía imposible
Por eso resbaló.
La caída fue aparatosa. Raúl quería ser sigiloso como los caballeros de los libros, pero el ruido de las piedras y su grito, le hicieron suponer que su presencia ya no era tan sorpresiva. Por eso ignoró el dolor de su rodilla, corrió hacia un arbusto, se tiró al suelo y esperó.
La luna iluminaba el claro.
Nada... No se veía nada ni se escuchaba nada.
¿Y los grillos? Debería haber grillos.
¿Y los pájaros? De noche siempre se escuchaban pájaros raros, sobre todo ése que hacía el sonido... ¿Cómo era?
“¡Pss! ¡Pss!”
Sí, así era. Muy parecido al sonido que hace alguien cuando te habla queriendo ser misterioso. Volteó y descubrió un grupo de aves posadas en las ramas.
¿Por qué no hacían ruido?
-Les debe dar miedo el dragón –pensó Raúl.
En ese momento sintió ganas de regresar y se preparó para irse.
-Es lo que Jorge haría –pensó-: correr como un cobarde.
Por eso juntó valor y se levantó.
Unas pisadas gigantes lo hicieron volver a esconderse. Venían de lo profundo de la barranca. Se asomó con cuidado y pudo ver cómo algo se escondía en la vegetación del fondo.
¿Cómo algo tan grande como lo que vio podría esconderse entre unos matorrales?
Se dispuso a averiguarlo y comenzó a bajar.
Los arbustos tenían espinas y se le atoraban en la ropa. Una rama le golpeó el rostro e hizo un esfuerzo para no decir nada. La pendiente se hacía cada vez más pronunciada, entonces encontró un claro: las plantas estaban aplastadas formando un camino.
Raúl lo tomó y bajó poco a poco. Lo hacía con cuidado, poniendo un pie y luego el otro.
Casi en el fondo se detuvo.
Estaba a escasos diez metros de una cueva. Al parecer las zarzas cubrieron la entrada hasta que el nuevo habitante las arrancó de un tajo.
¿En dónde se encontraba ahora el monstruo?
El niño se acercó para ver si podía observar algo dentro de esa caverna.
La luz de la luna fue cubierta por una nube y todo se oscureció.
Un rugido, seguido por un aliento caliente, brotó de la caverna.
El aliento tenía un aroma a plástico nuevo.
El gruñido sonó de nuevo con más fuerza.
El niño comenzó la subida con terror. Raúl no podría decir cómo fue que pudo escalar tan rápido. Quizás lo ayudó a acelerar aquel sonido de pisadas haciendo temblar al suelo, o ese chasquido que seguramente era de mandíbulas que se abrían y cerraban queriendo atraparlo.
Raúl no quería voltear.
Pero Raúl sí quería voltear.
Y a la vez no.
Cuando salió de la barranca corrió hacia su casa, en donde las luces se comenzaron a encender.
Jorge y su mamá salieron por la puerta alarmados por el rugido.
Cuando vieron ir al niño con tanto pánico hacia ellos lo dejaron entrar sin interponérsele, cerrando la puerta después.
Jorge, Raúl y su mamá, permanecieron en vela escuchando los rugidos provenientes de la barranca. Los cuales continuaron hasta minutos antes que llegara el amanecer.
***
-¿Qué haremos ahora Jorge? –preguntó preocupada su esposa.
-Yo iré hasta el pueblo –respondió el hombre-, les diré que ya sabemos dónde está el animal ése y lo cazaremos.
-¿Y nosotros qué hacemos? –ella se frotaba las manos con nerviosismo-... ¿Vamos contigo?
-No –se colocó su chamarra-, quizás el animal esté merodeando por aquí. Por eso creo que es más seguro que se encierren en la casa y no salgan.
Jorge se fue y lo vieron alejarse en dirección al pueblo
Raúl abrazó a su mamá y la intentó calmar.
-No tengas miedo mami –dijo-, yo te cuidaré.
Ella sonrió y abrazó al niño también.
-Yo sé que sí mi´jito... Yo sé que sí.
Raúl observaba por la ventana esperando ver si el monstruo se acercaba. Cuando le había contado a Jorge acerca del dragón, su padrastro le dijo que estaba seguro que no podía ser uno, que obviamente era un puma o quizás algún otro animal perteneciente a un circo o algo así.
Pero el niño estaba seguro: era un dragón.
Y uno gigantesco.
Lo único que pudo ver por la ventana, fue que grandes parvadas de pájaros se posaban sobre las copas de los árboles. Cada vez llegaban más y más.
Parecía que esperaban.
¿Pero qué?
Jorge tardaría una hora y media en regresar con los del pueblo. Su mamá comenzó a hacer la comida para tranquilizarse un poco, y no pensar en animales, monstruos, ni nada.
Algo arañó las paredes.
-¡Raúl! –Le dijo su mamá-. ¡Quítate de la ventana!
El niño miró con más cuidado pues esperaba descubrir qué era lo que estaba afuera.
Una gigantesca figura de piel lustrosa y verde cruzó frente a él.
Los pájaros comenzaron a cantar con desesperación, al tiempo que más y más parvadas llegaban a los árboles.
Su madre tomó a Raúl de la ropa, pues, en lugar de apartarse de la ventana, estaba embobado con la increíble aparición. El niño no opuso resistencia pero no apartó su mirada del cristal.
Un golpe rompió las vigas de madera de la terraza. Raúl salió del embrujo cuando parte del techo casi lo aplasta.
Por el agujero, un hocico lleno de dientes se asomó.
La bestia comenzó a destrozar la pared. Su mamá lo abrazó para protegerlo. Por un momento ella quedó petrificada, pero al ver como se desmoronaba el muro, en lo único en que pudo pensar fue en Raúl; lo tomó con la intención de correr hacia la habitación de él para poder escapar por la ventana trasera.
Sin embargo, la bestia ya se encontraba dentro de la casa y les cerró el paso.
Raúl vio al monstruo y supo de inmediato que ya había visto antes a este reptil: la piel verde lustrosa, las uniones de cada articulación, ese ojo al cual se le había desprendido la pintura y, sobre todo, el olor a plástico. Frente a ellos se encontraba una marioneta titánica... El dinosaurio de juguete que se le había perdido un par de días atrás.
Raúl, al ver a su madre en peligro, se soltó de ella, corrió hasta el dragón e intentó atacarlo.
La cola del dinosaurio pegaba muy fuerte.
Raúl no supo nada, sólo que todo se volvió negro... muy negro.
***
Cuando Raúl despertó, encontró la mitad de su casa destrozada: el techo y parte de la pared ya no existían, los muebles estaban convertidos en pedazos de madera y tela.
Aún era de día, pero no sabía  cuánto tiempo había pasado.
Entonces se dio cuenta: su mamá no estaba.
La desesperación llenó el pecho del niño. Por un instante tuvo ganas de llorar. ¿Qué es lo que el monstruo le había hecho a su mamá? ¿Por qué no pudo rescatarla?
Entonces recordó que los dragones secuestraban princesas para llevarlas a sus cavernas.
-Está en la barranca -dijo secándose las lágrimas-... La llevó a su cueva.
Él tendría que rescatar a su madre, nadie más podría: se convertiría en un caballero. No tenía armadura, lanza, caballo... ni siquiera una mula, pero aun así rescataría a su madre. Salió corriendo en dirección a la barranca.
Los miles de pájaros lo vieron salir y observaron todos sus movimientos. El niño se dio cuenta pero aun así continúo, pues un caballero no le temía a nada. Al llegar al inicio de la pendiente titubeó un poco... sólo un poco, y comenzó el descenso.
Los pájaros fueron siguiéndolo; volaban de árbol en árbol para observar a Raúl sin perder detalle. El niño se dio cuenta de esto, y comenzó a sentirse cada vez más nervioso por la intrigante presencia de las aves.
Pensó en su mamá y olvidó por completo a los pájaros.
La maleza le lastimaba el rostro con las espinas y ramas secas, pero no se detuvo hasta que se encontró a escasos siete metros de la entrada de la cueva del monstruo.
Los cantos desesperados de cientos... miles de pájaros, acabaron con el silencio que tanto le importaba conservar.
Un rugido proveniente de la cueva lo estremeció.
-Cállense –les decía a las aves-, cállense.
El ruido se hizo más intenso desesperado, como si esos animales emplumados le estuvieran avisando al dragón.
Otro gruñido antecedió al monstruo.
La bestia brotó de la caverna moviendo su cabeza, tan ágil como la unión de plástico se lo permitía. El dragón salió por completo y comenzó a buscar por todos lados. El niño rogó para que los seres de plástico no tuvieran buen olfato.
Y no lo tenían.
El monstruo caminó lejos de la cueva intentando encontrar al intruso. El niño lo vio alejarse hasta que se perdió de vista. Juntando valor se animó a entrar al hogar del dragón. Las paredes estaban llenas de musgo y el olor a tierra húmeda se le pegaba en la ropa.
-¿Mamá? –se atrevió a decir-... ¿Estás aquí?
Nadie contestó. El silencio logró que el aire de la cueva se volviera más frío.
-¿Mamá? –insistió.
En el fondo, allá donde la luz no podía iluminar, se escuchó el sonido de una rama quebrándose. 
El niño tragó saliva y apretando los dientes se acercó, hasta chocar contra pedazos de árboles y arbustos con los que el monstruo había creado su nido. Raúl suspiró con tristeza y decidió salir de ahí.
Algo que brotó de entre un montón de hojas lo agarró por la espalda.
-¡¡Aaaay!! –gritó el niño.
-Raúl –le dijo su mamá-, no te asustes soy yo –le acarició el cabello-. Gracias a Dios que estás bien.
El niño abrazó a su madre con gozo, pero luego recordó que el dragón de plástico podría regresar en cualquier momento.
-Vámonos mamá –la tomó de la mano y la ayudó a levantarse.
Ambos salieron de la cueva y comenzaron a escalar por la barranca. Mientras las aves posadas sobre las copas de los árboles los miraban con curiosidad.
-Ten cuidado mamá –dijo-, creo que los pájaros le avisan al dragón.
Las aves comenzaron a gritar y, segundos después, el dinosaurio brotó del fondo de la pendiente.
Raúl ayudó a su madre para alcanzar la planicie, pero el monstruo era demasiado rápido: no podrían perderlo o esconderse en la casa, además que era inútil, pues podría destrozarla cómo antes. Así que el niño decidió quedarse a distraer a la bestia mientras su mamá lograba huir.
-¡Corre mamá! ¡Corre!
Ella avanzó, sin darse cuenta que, Raúl, se quedaba atrás para enfrentar al dinosaurio.
No había otra forma.
El niño temblaba, pero recordó que le juró a su padre que cuidaría a su mamá cuando él no estuviera.
-Un caballero siempre es fiel a sus promesas –pensó.
El dinosaurio, de un salto, llegó hasta el niño. Raúl tenía pensado hacer que lo siguiera y después escapar como fuese... pero tenía demasiado miedo.
Estaba paralizado.
El dragón se preparó para atacar: chasqueando sus fauces de plástico se abalanzó contra él.
Raúl cerró los ojos... Solo escuchaba a los pájaros frenéticos y las pisadas que se acercaban.
Entonces el ruido del plástico al romperse, seguido de una gran caída opacó a todos los demás sonidos.
El pequeño abrió los ojos y la escena ante él la recordaría toda su vida: el dinosaurio se encontraba en el suelo, y encima estaba Jorge hundiéndole, en la coyuntura de la pata, el gancho que utilizaba para alcanzar la mercancía en los últimos estantes de la tienda. El monstruo se revolvía furioso, pero la lanza improvisada lo había inmovilizado.
 Raúl creyó que había visto esa escena en alguna parte... Lo emocionaba y llenaba de gozo, como si estuviera ante la presencia de un santo, pero no entendía por qué.
Frente al niño sólo se encontraban Jorge y el dragón.
Entonces su padrastro le gritó:
-¡Ve con tu madre!
Raúl encontró a su mamá oculta en las ruinas de su casa. La mujer lo recibió.
Desde ahí, los dos, pudieron ver cómo el dinosaurio de plástico se liberaba y volvía a erguirse ante Jorge, quien empezó a esquivar las dentelladas.
La mujer comenzó a rezar y los pájaros se agitaron mucho más.
Jorge resbaló... El dinosaurio lo devoraría.
Raúl se levantó y le gritó al dragón:
-¡Déjalo en paz!
Como si hubieran recibido la orden de un general, los pájaros abandonaron las copas de los árboles, se lanzaron sobre el dragón de plástico y lo atacaron, haciendo que la bestia olvidara al tendero que volvía a levantarse.
Entonces lo entendió todo: los pájaros no ayudaban al monstruo, lo ayudaban a él y a su madre. Ellos hicieron salir al dragón de su guarida para que pudiera rescatarla. Y cuando graznaban no alertaban a la bestia que el niño y la mujer huían, sino a ellos de la cercanía del dinosaurio.
Jorge, viendo al monstruo aturdido por el ataque de sus aliados emplumados, tomó su gancho y lo clavó en el vientre de plástico verde. El dragón tropezó y se desplomó barranca abajo.
Las patas se le desprendieron.
La cola se partió en dos.
En la vuelta final, la cabeza salió disparada del cuerpo.
Del cuello hueco, intentó escapar el gris gusanillo colocado por el anciano de los ojos de piedra. Sin embargo, su huida, fue cortada por una horda de cientos de aves. Los picos subían y bajaban. Arrancaban pedazos grises del gusano, para luego escupirlos. No se detenían. Estaban frenéticos... Y luego, nada quedó de ese animal maligno.
Los pájaros emprendieron el vuelo hacia todas partes, deshaciendo el gigantesco ejército alado.
Raúl se acercó hasta Jorge que respiraba con dificultad por la lucha. Se sostenía recargándose en su improvisada lanza. Cuando el niño llegó, ambos miraron al dragón muerto. Luego de unos segundos, Jorge examinó a Raúl para ver si se encontraba bien.
Raúl miró al hombre que estaba frente a él: sus canas ya no eran las de un viejo tendero, sino la cabellera de un rey durmiente. Sus arrugas le parecían cicatrices de batallas ganadas en contra de los años, y en sus ojos había un innegable escudo de nobleza... No encontraba nada, nada, de lo que antes odió en él.
Cuando Jorge se cercioró que el niño no estaba herido le dijo:
-Vamos, tenemos que ir al pueblo para decirles que ya no necesitamos ayuda.
-Sí papá –respondió Raúl.
La mujer los recibió y los tres comenzaron a caminar abrazados.
Por la vereda que llevaba al pueblo: un rey, un caballero y una princesa, caminaron orgullosos por haber vencido a un dragón más.